En espera. Sobre la hipótesis de una violencia perfecta (La Oficina, 2021) es el nuevo libro del filósofo gallego Ignacio Castro Rey (Santiago de Compostela, 1952). En este ensayo, el autor reflexiona sobre el sistema global que habitamos, el poder y el papel de las redes sociales. Castro también ha escrito Sexo y silencio (Pre-Textos, 2021), Lluvia oblicua. Opinión y verdad en la sociedad del conocimiento (Pre-Textos, 2020), Mil días en la montaña (Roxe de Sebes) (Fronterad, 2019) y Sociedad y barbarie (Melusina, 2012).
¿Crees que es posible para un nativo digital dejar todas sus redes sociales y no morir socialmente en el intento?
Sí, es cierto, lo tenéis crudo. Todos estamos endeudados con las redes, la información y las habladurías de lo social. Y los jóvenes, aunque tenéis mejor relación con la bendita violencia de las pasiones, a la vez estáis más fascinados con el tiovivo del espectáculo.
Estamos tan colonizados con la circulación viral de tonterías que apenas tenemos tiempo para pararnos y escuchar, para tomar distancia y poder tener una voz propia. En eso precisamente consiste el sistema, en abrumarnos con la «complejidad» global para que no tengamos tiempo ni energía para apartarnos y que resulte imposible ser independientes.
La complejidad, la legal y la tecnológica, es un sistema de desgaste. Después, como alivio, se nos ofrece el espectáculo de distintas minorías de expresión a las que podemos adscribirnos. Incluso podemos, si hay un apuro, consultar al nuevo clero de expertos.
Pero la libertad nunca ha sido elegir en un menú servido, sino también ser capaces de irse y rechazar una situación, sin por ello convertirse en sospechoso, en un paria o un vagabundo. La libertad ha de ser también la capacidad de fugarse y elegir fuera, pues siempre hay un afuera.
Fíjate que, de manera un poco patológica, fugarnos hacia el hermetismo es lo que ya hacemos para sobrevivir: el sujeto actual vive «ensimismado» –con frecuencia ni recoge las llamadas de su móvil– para defenderse de esta catarata de mensajes que nos estresa y nos dificulta respirar, pararnos y tomar distancias.
Siempre hubo una presión tremenda sobre el individuo por parte del cuerpo social. Pero es más acentuada en la actualidad, no en vano vivimos en una interactividad incesante. Tal vez no sea necesario romper con todo, rajar ninguna pared, para volver a ser «libres». Todo depende de cómo usemos la estupidez que nos rodea. Ser libres depende del coraje de atreverse a estar solos en algunos momentos cruciales, cultivando una zona de clandestinidad desde la que no tener miedo a quedar al margen, a ser señalados como raros, quizá para después volver de otro modo a la colectividad.
Una persona que quiera mantener su independencia tiene que estar dispuesta a ser sentida como un estorbo, una amenaza o un peligro. A ser odiada, dijo incluso una escritora. Mejor ser amado, de acuerdo, pero nunca hay que excluir el martirio, pues esta sociedad, como todas, es terrible.
Por eso hay que limitar el pacifismo, el que nos venden los mismos que nos maltratan. A veces hay que ser cruel para ser amable, diría Shakespeare. Si no, el miedo constante a no «encajar» nos deja sin margen de acción, sin aire para respirar y decidir.
Las redes sociales nos están «obligando» a seguir patrones de conducta y apariencia que cada vez está más globalizados. Pero estas obligaciones, a menor escala, siempre han existido. ¿Por qué crees que resulta más difícil abstraerse hoy en día?
Primero, porque es lo nuestro, la orden de hoy en día, incrustada en nuestros hábitos e ilusiones. Nos falta lejanía con el gigante que nos gobierna. Ninguna sociedad puede ver la pared, o la mitología que le impide ver, rozar una posible verdad exterior. Es mucho más fácil ver las supuestas «lacras» del pasado, sobre las que además nosotros nos enlodamos a diario para realzar nuestro dudoso bienestar.
El blanqueo anímico que ejerce la «información» hace más llevadera la obligación colectiva, la represión sonriente que es la ley de esta sociedad. La historia es casi siempre una maldición sobre la espalda de una humanidad anónima. Sobre esto, más que Marx, la Biblia, Freud, Nietzsche y muchos otros escritores contemporáneos han sido bastante clarividentes.
Esta presión imperial de la historia pasó por encima del hombre en todas las épocas. Sin embargo, aprovechando la distancia panorámica, siempre podemos usar a nuestro favor algunas imágenes del pasado, del potencial de liberación que podemos encontrar en su anhelo no cumplido. Tampoco el pasado está «escrito», pues esconde siempre un sinfín de matices.
Hay además otra cuestión. Los amos actuales estudian marketing, son encantadores. Quieren incluso, dicen, ser fans de ti. Los antiguos jefes no tenían por qué ser así de sutiles, lo cual hacía más fácil la rebelión. Un padre autoritario es temible, pero al menos te señala unos límites, una muralla que algún día puedes saltar. Cuando la prisión no tiene paredes, y se confunde con una diversión obligada, estamos a punto de quedarnos sin armas.
A través de algoritmos variables el poder actual entra en tu deseo, se confunde con él, por lo que es más difícil que nunca localizar dónde acaba el amo y dónde empieza el esclavo, dónde acaba tu deseo y dónde empiezan las órdenes, inteligentemente servidas en un espectáculo HD. A todos nos cuesta mucho hoy, más que a nuestros padres, saber qué es lo que realmente necesitamos y qué son solo consignas, muy bien publicitadas a través de las modas.
La veloz diversidad «horizontal» de la obediencia interactiva es temible. Necesitaríamos una buena relación con el diablo de vivir, ser capaces de convivir con una sombra anterior que no tiene ni puede aceptar cobertura. Ni los jóvenes ni los mayores lo tenemos fácil, aunque sobre vosotros, los jóvenes, pesa además la amenaza de una precariedad que nosotros no conocimos tan crudamente.
Decía Aristóteles: «Los hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no puede estar lejos». Durante toda la historia se han escuchado mensajes catastrofistas y, sin embargo, con nuestros defectos, aquí seguimos. ¿Este sistema globalizado pone en peligro mayor a las nuevas generaciones o vivimos en un eterno déjà vu?
Es cierto que el fin del mundo es la historia más vieja del mundo. Al final, la gente acaba encontrando formas de fuga –»Donde está la ley está la trampa»– y el mundo sigue, en el fondo, semejante al laberinto que siempre fue. En este sentido tienes razón, no hay nada nuevo bajo el sol. Pero, claro, se supone que una de las funciones del pensamiento –incluso como juego– es precisamente adelantarse a la fatalidad, preverla. Adivinar el presente, se ha dicho.
Es verdad que nadie escarmienta en cabeza ajena y que cada cual ha de aprender del dolor de sus propios errores. Sin embargo, uno de los peligros del sistema es precisamente que, al no amenazarnos directamente, sin vendernos a la vez la ilusión de una alternativa para mañana, nos quita la posibilidad rotunda de fracasar. Nos resta así el aprendizaje que solo se realiza ante el peligro. Hay una pedagogía del error, una maestría de lo traumático que es insustituible. Es eso lo primero que la «sociedad del conocimiento» nos expropia.
De acuerdo en que hay algo en la furia del pensamiento crítico que le puede llevar a exagerar, empujándole incluso a visiones apocalípticas. Pero etimológicamente «apocalipsis» tiene algo que ver con la idea de revelar lo oculto. No parece tan mala cosa, en este falso bienestar que esconde una rivalidad interminable, volver a cierta violencia solitaria, asocial.
Hablo de presentir una catástrofe que no nos espera fuera o delante, al estilo de las que usa la información para mantenernos cautivos, sino una catástrofe que está encriptada en la normalidad autista que nos protege mientras nos anula. En una sociedad tan satisfecha de sí misma como intolerante con el carácter personal de cada uno, tan injusta con el pasado y con las culturas exteriores.
Trabajo, ocio, relaciones, eventos, arte… Hoy en día todo gira en torno a alguna red social. Quizá el individuo pueda escapar, pero la sociedad está metida hasta el fondo. ¿Hay escapatoria?
No estoy de acuerdo en que todo gire en torno a alguna red social. Esa es precisamente la droga que se nos vende.
Si aún tememos, es sin red. Amamos sin red, lloramos o nos encolerizamos sin red, en la clandestinidad de cualquier momento sin imagen ni seguidores. «Vivimos como soñamos, solos», decía Conrad. Bendita soledad. Nos puede hacer libres, aunque a veces sea una carga muy pesada. Igual que dormir o ir al cuarto de baño, «el secreto» sigue siendo la tecnología punta de una vida singular, que es crucial porque se debate día a día con el dolor, con sus temores y la posibilidad de una muerte que sigue siendo única para cada cual.
A diferencia de esta áspera realidad, el fácil bla, bla, bla de lo social vive de vender humo. Esa es su gran promesa, la mentira pública y moderna de liberarnos del viejo peligro de vivir. En este punto, en cuanto a las vidas reales, soy tal vez más optimista que tú. No creo que la gente, ni siquiera la poca gente que conocemos, esté metida hasta el fondo en las mediaciones.
Una cosa es esa abstracción que llamamos «sociedad», donde todo el mundo actúa para el postureo. Otra muy distinta es la humanidad real, que ignoramos en nombre de ese pequeño índice estadístico que aparece en nuestras pantallas. Como toda sociedad, vivimos en una diminuta cápsula de ficciones, mientras afuera –unas afueras que están cerca, en esquinas escondidas de nuestro interior y de nuestras ciudades– sigue esperando un mundo desconocido, peligroso y también inmenso. En todo caso, para retomar tus palabras, pienso que siempre hay una escapatoria.
Si hay una cárcel, por inteligente que sea, hay una línea de fuga, aunque esta consista en esconderse adentro, en lo más profundo. Hay más gente de la que parece aguantando ahí, en el borde y a la espera de una señal. Resistir depende de cómo cada quién se trate con su fondo sombrío, sosteniendo un peligro anímico mayor que el ruidoso peligro social. No hablo de regresar a otro individualismo, sino a una intensidad vital que nos permita encontrar otra comunidad.
Si una persona escapa no podrá evitar que su ejemplo influya y «contamine» a otros. Las grandes revoluciones, decía Joyce, comienzan con los sueños de cualquier desconocido en una ladera. Creo que estamos en este estado latente, preparatorio. Antes de pensar en «asaltar el cielo» con otra revolución histórica, es urgente que nos atrevemos a sentir y vivir de otro modo, más atentos al desierto que nos acompaña. Hemos estado demasiado tiempo, con un puritanismo típicamente moderno, alejados del secreto.
Tal vez el cambio en Occidente debiera comenzar por atrevernos otra vez a existir, conviviendo con la enormidad de una trascendencia muda que hemos ignorado. Esto nos permitiría una constante atención a lo otro que surge en nosotros y en torno a nosotros.
En tal caso, la «escapatoria» comenzaría por ingresar hacia el interior de nuestra condición, de nuestras cadenas. En los márgenes de nuestra tradición ilustrada, es posible que volver a empuñar la penumbra de nuestra «perdición» natal sea la única forma de encontrar alguna salvación.