Lo que Hitchcock le contó a Truffaut: la entrevista de cincuenta horas

El cine según Hitchcock es un libro del que no me considero autor, sino tan solo iniciador o, mejor aún, provocador. Exactamente, se trata de un trabajo periodístico que comenzó al aceptar Alfred Hitchcock, cierto hemoso día (para mí fue un hermoso día), el principio de una larga entrevista de cincuenta horas.

François Truffaut, El cine según Hitchcock (1966), Prólogo

Escuchar según qué conversaciones puede convertirse en una disputa de egos encontrados: las charlas entre escritores, periodistas eruditos, o directores de cine auguran una actitud para la que una debe ir preparada. ¿Estaré a la altura o caerán sobre mí montones de nombres, datos y conceptos inabarcables?

François Truffaut (1932-1984) parte de una premisa muy clara cuando se enfrenta a la ya histórica conversación que mantuvo con Alfred Hitchcock (1899-1980) a mediados de los años 60 –una entrevista que se convirtió en un maratón verbal de más de 50 horas y que se prolongó durante de varios días–. El director francés quería descubrir las circunstancias del nacimiento de cada uno de los filmes de Hitchcock: cómo se elaboró su guión, si hubo problemas de puesta en escena y cómo valoraba el director londinense el resultado comercial de cada uno de ellos. Con este objetivo en mente, Truffaut empieza un repaso exhaustivo en jornadas de 9 de la mañana a 6 de la tarde, que ocupan incluso las horas de la comida. El resultado de este auténtico tour de force se reúne en El cine según Hitchcock, una edición de 416 páginas publicada en España desde hace décadas por Alianza Editorial.

A lo largo de las sucesivas sesiones el director francés mantiene el control en todo momento, incluso para dejar que Hitchcock se despiste ligeramente y nos revele sus opiniones más personales alejándose del hilo de la conversación. Truffaut sabe que una entrevista bien cuidada es mucho más que una entrevista y su nivel de preparación y documentación impresiona. Ha repasado concenzudamente todas las películas y en caso de no recordarlas del todo lo confiesa antes de hacer una pregunta que pueda dejarle en evidencia. La dilatada experiencia de Truffaut, previa a la de cineasta, como crítico en Cahiers du cinema se convierte en un elemento clave en el desarrollo de la entrevista.

Al principio, Alfred Hitchcock, en óptimas condiciones, y como siempre ocurre en las entrevistas, se mostró anecdótico y divertido, pero a partir del tercer día se reveló más grave, sincero y profundamente autocrítico, describiendo minuciosamente su carrera, sus rachas de suerte y de desgracia, sus dificultades, sus búsquedas, sus dudas, sus esperanzas y sus esfuerzos. F.T.

No puede ser más acertada la pregunta que lanza el director francés para entender qué es el suspense para el maestro del género. La pregunta formulada con esa palabra insertada de manera aislada tal vez habría dado pie a confusión, pero al compararla con la sorpresa, definir el suspense se convierte en pan comido para Hitchcock. Hay que contarle al espectador que en la imagen que está viendo –además de haber dos personas hablando– hay una bomba escondida y va a estallar en unos minutos, explica el director de Psicosis. El espectador lo sabe y la conversación se le hace eterna, porque ante el inminente peligro quiere que los protagonistas se salven, mientras ellos —que ignoran la existencia de un explosivo— pierden el tiempo charlando sobre banalidades. El efecto sorpresa, por otro lado, es bien distinto y ocurriría solo en el caso de que nadie entre el público supiera que allí hay una bomba y de repente todo saltara por los aires.

Todo esto nos conduce al suspense que algunos –sin negar que Hitchcock sea su maestro– consideran como una forma inferior de espectáculo cuando es, en sí, el espectáculo. F.T.

Lo que me llama la atención como lectora es que para Hitchcock el suspense era también una manera de vivir. Las situaciones que recuerda en rodajes o los diferentes momentos de su vida los ve repletos de suspense por todas partes. A medida que avanzo en la lectura me siento como alguien que espía una conversación privada entre expertos que se cuentan secretos. Hitchcock, que comenzó dibujando carteles de películas mudas, respetaba al público por encima de todas las cosas. Lo más importante para él a la hora de realizar un filme era establecer una conversación con el espectador. La mejor manera de llegar hasta él era conseguir que los pensamientos de los personajes fueran perceptibles con el mínimo diálogo posible y para ello la imagen debía hablar por los presentes en escena. Poner demasiadas palabras en boca de los personajes no es bueno, «todo lo que se dice se pierde para el público». De manera que el verbo a conjugar en cine es “mostrar”.

En las películas y en las obras de teatro, el diálogo no hace sino expresar los pensamientos de los personajes, cuando sabemos perfectamente que en la vida las cosas funcionan de otra manera, y muy en particular en la vida social […] las palabras pronunciadas son secundarias, convencionales, y lo esencial se desarrolla a otro nivel, en los pensamientos de los invitados, pensamientos que podemos identificar observando las miradas. F.T.

En este sentido, haber trabajado en el cine mudo antes que en el sonoro le daba una cierta ventaja. Hitchcock confiesa que el cine estaba en un momento álgido cuando llegó el sonoro y que las conversaciones entre personajes mermaron la calidad de las realizaciones. Hasta el punto de darse incluso un paso atrás en los avances que el lenguaje cinematográfico había conseguido hasta ese momento. Al llegar el sonoro, la técnica del cine puro se abandonó en favor de la palabra y a algunos cineastas les costaba salir de una estética esencialmente fotográfica con personajes que ahora hablaban. Para el cineasta británico, cuando escribía una película, era indispensable separar claramente los elementos de diálogo de los visuales y en todos los casos concedía preferencia a la imagen sobre la palabra. Según Truffaut:

Hitchcock formaba parte de los Chaplin, Stronheim, Lubitsch. Como ellos, no se conformó en practicar un arte, sino que se empeñó en profundizarlo. F.T.

A pesar de las diferencias generacionales y de los distintos puntos de vista estéticos de cada uno los interlocutores, lo cierto es que entre los dos cineastas consiguieron hilar una conversación que con el tiempo se ha convertido en un acontecimiento excepcional dentro del ámbito del periodismo cultural y un libro de cabecera para todo el público amante del séptimo arte y del género de las entrevistas.
 

Sobre el autor
Barcelona, 1987. Periodista cultural y Licenciada en Comunicación Audiovisual. Tras mi paso por el departamento de comunicación de la Librería Altaïr, indago sobre el papel del periodista en el marketing online y el social media. Mientras, hago crecer la comunidad @Pliegosuelto y @EducarconHumor.
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