
Fotografía: Lola Abenza
Domingo por la tarde, aunque bien podría ser lunes por la mañana o miércoles a mediodía. Salgo a la calle. Hay una quietud que se parece a un aviso de bombardeo. Solo los que no tenemos nada que perder hemos salido de nuestros refugios. Nuestro aspecto desborda miseria. Pasa un señor panzudo con pantalones cortos y calcetines hasta la pantorrilla. Una mujer gorda y sin sujetador cruza la calle por el paso de cebra, a pesar de la circulación inexistente. Se oyen chicharras como si estuviéramos en el campo.
Pero no. Estoy en la ciudad. Una ciudad sin centro y sin mar. Porque el centro y el mar son solo postales, folletos de agencia de viaje o anuncios publicitarios. Una monstruosidad, en todo caso. Fucsias imposibles y helados. Quemaduras de tercer grado. Bullicio de cartón piedra y desodorante. Vómitos, alcohol y tetas. Carne triste, testosterona y vasos de plástico. Hormigón y paisajes agujereados. Gente luchando absurdamente contra el paso del tiempo, que ya se les ha instalado en los cuerpos en forma de decrepitud implacable.
No piso el centro de Palma en verano, más que como inevitable lugar de paso hacia la librería o mis clases de yoga. El centro es una broma pesada. Parejitas que fotografían palomas, familias blancas como el queso que pasean sus obesidades mórbidas a pleno sol, señores con planos que quieren saber el lugar exacto en que se encuentran, guiris mochileras que no acaban de encontrar su sitio. Músicos ambulantes y mucho sudor. El centro en verano es un fraude. Una grandísima tomadura de pelo. Un falso Mediterráneo.
Hay, básicamente, dos tipos de playa, que tampoco piso. En el primer tipo, se produce el espectáculo grotesco de la democracia. Los adolescentes airean sus hormonas, y nadie sabe si están contentos de verdad o se sienten obligados a estarlo. Los jubilados le miran el culo a una sueca, las señoras pasean por la orilla con bañadores imposibles. Alguien se come un melón. La señora operada está tumbada junto a un marido que o se empolla el periódico o se corta las venas. Neveras de playa, varices, celulitis, familias gritonas, lectores, gordos, flacos, vigoréxicos, sombrillas. Existe una versión degenerada de la playa, y es entonces cuando se convierte en esto.
En el segundo tipo de playa, la clase media de la península, los acomodados y aun los pijos se mezclan con los alemanes y con los residentes a fin de cumplir a rajatabla todos los tópicos del verano. Quien no los conozca, puede hacer aquí un cursillo acelerado:
Nada de todo esto tiene que ver con el verdadero Mediterráneo. El Mediterráneo de verdad son los señores del bar de la esquina que siguen tomando sus carajillos y que miran la tele sin verla. Hoy toca natación sincronizada, aunque igual podría ser el telediario, un vídeo de Shakira o un programa de confesiones. La actualidad manda y ellos jamás van a inmutarse por estas pequeñas variaciones. Hablan, hojean los periódicos, fuman en las terrazas. En verano no hay mujeres que mirar. Y en todo caso, si las hubiera, supondría un esfuerzo que no están dispuestos a realizar. Esa languidez serena se parece mucho a la sabiduría. El verdadero Mediterráneo son señoras haciendo la siesta en un colchón puesto en el suelo, señoras que no van a la peluquería porque hace mucho calor, familias que cenan en sus balcones, motos trucadas a las tres de la mañana.

Mallorca, 1930
Voy al Opencor, que para eso he salido a la calle. Me sorprende la cantidad ingente de hombres que va acompañados por niños. Hombres divorciados con hijos que no saben qué hacer con tanto calor y tanto verano. Están todos tristes. Un vacío vacuno con el que cargan con helados y hacen cola. Yo no soy muy diferente. Cargo con café y con agua fría y casi podría morir, que allí nadie se enteraría. El dependiente es el único que mira a los ojos. Me saluda. Me conoce. Vacila entre el tuteo y el ustedeo. Todos sudamos. El aire acondicionado es incapaz de borrar el calor asfáltico que hemos tenido que soportar para llegar hasta allí.
Vuelvo a casa y preparo café. Me entran unas ganas tremendas de meterme en el mar. Yo la renegada. La que vive sin mar. Cojo el coche. A las ocho todo el mundo, en procesión, vuelve de la playa. Me dirijo a una zona de rocas. Mi única compañía es una señora que se come un Calippo. Se queja de lo fría que está el agua. Yo le sonrío.