Madame Edwarda de G. Bataille: El embarazo del deseo

Ilustraciones de Rene Magritte para Madame Edwarda, 1946

 
No es fácil encontrar palabras precisas que ayuden a entender el erotismo descarnado de esta figura imaginada por Bataille. Como suele ocurrir en tantas otras figuras literarias femeninas y recreadas por escritores hombres, europeos y de la primera mitad de siglo, este erotismo, o mejor dicho la fuerza de este erotismo, se explica mediante una sola palabra mágica: el burdel. El burdel funciona como la olla de cobre donde la libido se cocina a temperaturas inimaginables, pero hay una leve diferencia: en el burdel de Madame Edwarda la pasión se termina quemando.

Teniendo en cuenta la asociación siempre latente erótico-tanática en Bataille, esto no sería de extrañar. No nos extenderemos aquí, sin embargo, en la postura filosófica del autor, aunque sí de manera somera en su recreación particular y ambigua de la sexualidad femenina, que por un lado es exhibidora de una autonomía comúnmente de privilegio masculino, pero que por otro, no deja de ser producto del binomio patriarcal naturaleza-mujer1 que perdura hasta nuestro século. De modo que en un texto liberador como puede ser Madame Edwarda, incluso desde una postura radicalmente anticonvencional en muchos aspectos, también encontramos, muy a nuestro pesar, ese esencialismo inoportuno que deriva en “sexualidad perversa”, cargada nada menos que del puro deseo, del deseo crudo y potente, y que por esta misma pureza han dado en llamar (de hecho, lo seguimos llamando) obscenidad.

Tenía muy claro antes de empezar a escribir este artículo, que me faltaba la palabra clave que definiera el proceso de crecimiento del deseo en Madame Edwarda. Aún sin saber si era correcto hablar de proceso, pero con la certeza absoluta de que este deseo iba tomando forma, iba creciendo, junto con la prisa en mí por devorar el cuento. Entonces ocurrió que afortunadamente estaba leyendo otro cuento oportuno de un autor no menos oportuno: Winesburg, Ohio del inquietante Sherwood Anderson. Este autor habla de que su protagonista en este formidable relato al que hago referencia del The book of the grotesque, se siente, muy adentro de él, como una mujer embarazada pero, obviamente no de una criatura, sino “embarazada de juventud.

Este radical paralelismo ayuda a entender de modo más acertado la dinámica del deseo en una presencia tan arrolladora como es Madame Edwarda. Si bien desde el comienzo del relato, ya absorbemos este erotismo como un cubo de agua hirviendo de la mano del protagonista masculino, ebrio de alcohol y deseo; y este es un punto crucial, de angustia existencial, la fuerza erótica propiamente dicha nos arrasa con violencia cuando ellos dos se encuentran y practican un sexo desesperado. A partir de aquí, somos conscientes de que esta pasión, que no es exactamente pasión, va más allá, puesto que en todo caso la rebasa por la presencia en ambos personajes de un sufrimiento metafísico sin límites. Es decir, Bataille nos lanza las acciones cada vez más osadas de Edwarda para embriagarnos también de aquello que en inglés suena tan bien, del difícilmente traducible y sensual término lust, para al mismo tiempo mostrar esta sexualidad femenina ambigua, ambivalente entre lo animal y lo específicamente humano, libre, autodeterminado.

Bataille insiste en dejar clara la intensidad de la fuerza erótica, que en momentos atraviesa el campo estético, llegando de lleno a estadios donde reina una vitalidad surgida del pathos, de lo oculto, profundo, de lo desagradable, de lo monstruoso. De manera que este torturado amante al completo servicio de Edwarda del que hablamos, compara “los entresijos” de la misma con un “pulpo repugnante”, para acentuar de esta forma la animalidad de un sexo femenino al que teme, pero del que de ningún modo quiere ni puede huir. Recalcamos nuevamente la división2 de Bataille entre la concepción maniquea y dominante de la época3 del binomio mujer-naturaleza, y la representación de la libertad y de la exhibición sin barreras del deseo que deliberadamente coloca en una mujer, y llegamos aquí a un tercer punto fundamental: la aparición de la mística en el erotismo del autor francés4. En uno de los episodios más devastadores del romance erótico, nos llegan completos en único nudo la angustia, el miedo absoluto y la vulnerabilidad total del hombre. Sentimos en nuestra propia piel la perdición del amante bebido a la repentina huída nocturna de Edwarda, y la espectral aparición también repentina de su gótica figura con antifaz debajo del arco de la desierta puerta Saint-Deis desafiante.

En estos precisos y conmovedores instantes, el erotismo parece esfumarse, o en todo caso fundirse con la presencia de lo sobrenatural representado en Dios. Es decir, la conversión de la bestia en Dios. El fantasma de Nietzsche se esconde detrás del arco y el arquetipo de mujer-bestia se eleva de pronto al de mujer ya no Diosa, pero Dios. Entonces cabe preguntarse: ¿por qué la carencia absoluta de amor en el rostro impasible de Edwarda si Dios es ante todo amor? Sin duda nos encontramos en el fondo de la particular y oscura concepción de la creencia divina para Bataille, para quien Dios lo es todo menos amor. Y sin poderlo remediar, tocamos el fondo completamente negro de la olla. Y entonces sentimos su miedo antes y después de leer este libro, y nos reímos, porque tenemos miedo, solas y con frío porque el “hombre” es “sí mismo”.

1 Una naturaleza por cierto exagerada, estirada hasta los límites donde entronca con lo “animal”, y que ni siquiera un autor irreprochable como Bataille, quizás guiado por su misma creación pasional-erótica, y por el enorme peso simbólico que implica ser un hombre, tiene reparo en llevar a la subcategoría un poco más comprometida de bestia.
2 En el sentido de pertenencia a dos paradigmas sobre la sexualidad femenina, de estar a caballo entre ambos. Cuestión en cierto modo entendible teniendo en cuenta que ambas concepciones se siguen debatiendo incluso en la actualidad.
3 Binomio que tan acertadamente supo representar el cineasta Lars Von Trier en El Anticristo.
4 El hecho de que el ensayista haya estudiado durante años teología no es de extrañar dada la enorme carga mística de su obra.

Bibliografía
Bataille, Georges, Madame Edwarda seguido de El muerto, Barcelona, La sonrisa vertical- Narrativa erótica, 1981.
______, Georges, Meditaciones nietzscheanas, Ed. de Sigg Pablo y Villegas Gerardo, investigación y selección iconográfica Sigg Pablo y Villegas Gerardo, México, UNAM/UAM/FONCA-CONACULTA, 2001.
Anderson, Sherwood, Winesburg, Ohio, Shanghai foreign language education press, 2001, p.4.

 

Sobre el autor
Aunque concebida en Cataluña, fue criada en Galicia y luego adiestrada en Uruguay. Ahora tras algunos tumbos, ha rebotado nuevamente en el país de Rosalía. Posee un título añejo donde consta que es antropóloga social y cultural, profesión que la desdobla. Su actividad preferida es leer antes que escribir. --> Blog de la autora
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  1. Gracias

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