La fuerte emoción que transmite la literatura de viajes de todas las épocas y geografías es posible que se deba, entre otros motivos, a la gran dosis de aventura configurada desde una primera persona que no sólo disfruta y vive intensamente esta aventura, sino que busca y sabe encontrar lo que toda/o viajera/o rastrea: la vivencia intensa de la diferencia.
No obstante, las aproximaciones que se han ido creando a lo largo del tiempo en torno a esta diferencia, obviamente varían en cuanto a un aspecto básico, que es la valoración de las culturas que se nos aparecen como representaciones que, como remarca Geertz, en el fondo son nuestras mismas representaciones, pero con otras caras, otras expresiones, colores y gestos, olores… y tantas otras formas que pueden tomar los cuerpos.
Con el país del loto, fueron muchos los autores que quedaron fascinados. Una fascinación inevitable que nos retrotraiga a la embriagadora flor, tal y como nos lo transmite de inigualable manera Louis J. Beck, periodista, escritor de ficción y dibujante, autor del libro ilustrado New York’s Chinatown, publicado en 1898.
La autora Barbara Hodgson, por quien conocemos a Beck, en su fantástico libro Opio, Un retrato del demonio celestial, describe con gran detalle el desarrollo gradual del monopolio comercial que los portugueses habían centralizado en la zona asiática, lo cual más tarde abrió el camino para británicos y holandeses entre otras naciones; todos ellos atraídos por las enormes fuentes de ganancia que el jugo de amapolaestaba generando. Recordemos que la primera guerra del opio entre China y Gran Bretaña, dura desde 1839 hasta 1842; y surge porque los chinos se niegan a seguir con un tráfico de enormísima envergadura que estaba generando, entre otros problemas, una apabullante adicción generalizada. Tanto en la primera como en la segunda guerra, China pierde, con todo lo que esto significó para el país en cuanto a dominio extranjero y su consecuente debilitamiento en su autonomía. Así, comienza esta balada de un comedor de lotos escasamente conocido en unos momentos claves de un siglo XIX emblemático en lo que a literatura de viajes se refiere:
Oh, malvada píldora narcótica,
tú, esfera maciza de amapola-
aunque el pecado satisfaces-
siento amor por tu cultivo.
Aunque amada, píldora de diversión,
que haces olvidar toda cautela;
¿qué sería sin ti la vida?
Algo lúgubre y soso.
Las niñas de Tenderloin1
te adoran, eres la delicia de su corazón;
tu vista trae la luz del sol;
tu ausencia, la negra noche.
Un devoto.
Pero ahora, dejando un poco de lado los placeres de la exquisita flor, que tanto dio que hablar en este decimonónico mundo, vayamos a una novela de viajes que destaca por la originalidad de su argumento y por la astucia con que el autor, Verne, trata la moraleja de la búsqueda de la muerte en vida y las consecuencias de desafiar al destino mediante la planificación exhaustiva de la llegada de la dama negra (o blanca si tomamos, como es el caso, la Filosofía china como referencia).
En Tribulaciones de un chino en China, el excéntrico y adinerado Kin-Fo, nacido en Beijing pero criado en Shanghai, atormentado por no encontrar la felicidad, compra un seguro a todo riesgo de su propia vida (incluido el suicidio), a cambio de un elevado capital a la siniestra Compañía de seguros sobre la vida La Centenaria. La originalidad del argumento radica en que Kin-Fo no deseaba vivir y había quedado arruinado luego de firmar el seguro. En vista de que aparentemente nada le hacía feliz, se entrega a un acto de solidaridad inmensa, dejando como herederos de la suma a su novia Le-U y a su inseparable amigo, el filósofo Wang, antiguo Tai-Ping2. Hasta aquí la trama es emocionante, a medida que avanza la novela, vemos como el plan del protagonista de provocar su propia muerte va perdiendo consistencia hasta el punto de arrepentirse de la decisión cuando el Banco Central de California le informa, de forma repentina, que no había perdido su capital, sino que este había sido duplicado. Si bien realiza todos los preparativos con esmero, sin olvidarse de comprar el gallo blanco, que para la tradición china representa la atracción de los espíritus que revolotean en torno a un muerto, Kin-Fo se da cuenta de que no le resultará tan fácil morir porque no encuentra a su mercenario, su inseparable Wang, pues huye en el último momento. Como él mismo deja escrito: “Me he dado la muerte voluntariamente, por disgusto y cansancio de la vida”.
Es entonces cuando, una vez informado de su riqueza, cambia radicalmente de opinión y no desea otra cosa que llegar a ponerse la túnica amarilla, símbolo de la ancianidad en China, y se lanza con la ayuda de Craig y Fry, dos pintorescos detectives de la Centenaria, al mejor estilo de Hernández y Fernández, a la búsqueda desenfrenada de Wang. Aquí comienza la verdadera aventura china por las Concesiones extranjeras, los bazares, los barrios de mala muerte… sin resultado alguno, pues Wang no aparece. De esta manera va tomando forma la moraleja de la novela que gira en torno a la valoración de la vida y la búsqueda de la felicidad en el amor hacia los demás, lección aprendida gracias al filósofo Wang.
Lo interesante de la novela, por un lado, es el fondo optimista con que Verne conduce la veta terriblemente oscura del protagonista. De hecho, Wang engaña a Kin-Fo haciéndose pasar por muerto, pues prefería la muerte antes de asesinar a su amado amigo. Sin embargo, todo es una estratagema para enfrentarlo a otro temible Tai-Ping, que una vez desaparecido Wang, estaría muy dispuesto a asesinarlo a cambio de la ansiada suma. Es así que este, cara a cara con su propia muerte, termina apreciando la vida, la enseñanza mayor del sabio filósofo. El triunfo de la vida. Podemos hablar también de otro aspecto interesante de la novela –parte integral de todos los escritos de la literatura de viajes y de la Antropología–: la manera en que es presentada la extrañación. Generalmente, esta se presenta de modo dual o bifurcado, principalmente en la literatura de fines de siglo XIX y principios del XX. Es decir, la asimilación del buen salvaje, que es el contenido teórico básico de esta postura –paradigma que continúa resonando en la actualidad–, pasa por dos estadios básicos donde este salvaje es al mismo tiempo deificado y demonizado. En la literatura de Verne esto es notorio y específicamente en Tribulaciones. La cultura china en esta novela no es simplemente concebida como un todo, cuando en realidad, quizás más que ninguna otra, debido a la enormidad del país y a la extensísima gama étnica que lo compone, es un conjunto de muchos todos. Verne habla de una tradición china en la novela que, visto con nuestros ojos, deriva en una mitificación altamente negativa de la cultura.
Ocurre a menudo que, desde lo literario y lo científico, se configuran creencias que sustentan opiniones populares que se convierten en realidad, cuando lo más interesante es que ocurra precisamente al revés. Es el caso de la flotación de cadáveres chinos desde Estados Unidos a tierra natal a los que hace referencia Verne, sin extenderse en las causas de esta extradición, pero dejando muy presente el lado “macabro” del asunto. Sabemos que para la cultura china, y con más motivo en la época que escribió Verne, la ancianidad y, principalmente, la muerte son imprescindibles pasarlas in situ. Sin embargo, esta costumbre, como muchas otras, ha dado lugar a numerosas leyendas que no tienen tanto que ver con una extrañación bifurcada, sino con una extrañación directamente negativa de la diferencia. Quien no ha oído alguna vez: “¿Por qué no hay cadáveres de chinos? ¿Qué hacen con sus muertos…?”, entre otras muchas preguntas acerca de sus hábitos, por no hablar de los alimenticios.
La muerte, desde la antigüedad en China, aunque cada vez de modo menos acentuado, está integrada de una manera u otra en la cotidianeidad; es inseparable de ella. Era una costumbre común, por ejemplo, que los ataúdes funcionaran como parte del mobiliario del hogar y que se les cubriera de atenciones, haciendo de este modo que el tránsito hacia la muerte fuese menos drástico, y, sobre todo, menos cargado de la negatividad y anaturalidad que se le otorga en Occidente, simbolizado en un color: el negro. No es casualidad que en China el color representativo del luto por excelencia fuese el blanco, cuestión que está cambiando drásticamente, dada la sustitución cada vez mayor, tanto en ciudades como en pueblos, de la boda tradicional china por la occidental, lo que implica un cambio en la percepción simbólica del color blanco, que pasa a significar “castidad”. Es significativo comprender hasta que punto esta extrañación bifurcada, donde al mismo tiempo se ensalza y condena al buen salvaje, continúa manteniéndose en la actualidad –no es necesario acudir a Verne para ello–. Es de agradecer que el escritor condene el despectivo término de “peste amarilla”, teniendo en cuenta que no dejaba de ser un intelectual de su época, en un momento donde la mentalidad colonialista inseparable de la intelectual era la imperante. Por ello, Tribulaciones es uno de esos textos que no se olvidan nunca. Si lo situamos en su coordenada precisa: el contexto, observamos con que fidelidad refleja una realidad china que parece conocer al dedillo y, por otra parte, construye un argumento ético y filosófico que sostiene una aventura sin igual. Que Verne sólo hay uno, y en cuanto al viaje… para eso es preciso ir a la China.
2 Revolucionarios cristianos opuestos a la Dinastía Qing. También conocidos como Reino celestial de la Gran Paz.
Bibliografía
Geertz, Clifford: Conocimiento local, ensayos sobre la interpretación de las culturas, Barcelona, Paidós, 1994.
Hodgson, Barbara: Opio, un retrato del demonio celestial, Madrid, Turner Publicaciones, 2004.
Verne, Jules: Tribulaciones de un chino en China, Santiago de Chile, Ed. Andrés Bello, 2008