Siempre recordaré aquel 1 de mayo de 2011. Hacía un día soleado y los antidisturbios cargaron repetidamente contra nosotros, unos cuatro mil manifestantes. Lo hicieron tres veces. Tres veces que me llevaron a batir mi plusmarca personal: cien metros en doce segundos. Y ni siquiera la logré corriendo erguido, sino rodando, puesto que las calles de Pedralbes son muy empinadas y no tuve más remedio que dejarme caer, convertirme en una bola y esperar que la gravedad hiciese lo que mis piernas no podían: salvarme.
Entre carga y carga, me llamó una amiga. Con voz preocupada, dijo: “Hola, ¿qué tal?”. “Me persiguen los antidisturbios”, le respondí. Acto seguido, entablé una conversación de lo más normal con ella. “Es que he ido a la mani alternativa del Primero de Mayo”, “hay como diez furgones de los Mossos d’Esquadra embistiéndonos”, “tengo agujetas, me merezco la jubilación anticipada”, le dije, entre otras cosas. Pero en un instante de lucidez, me planteé lo extraordinario de aquella repentina llamada (casi nunca me llama nadie), así que le pregunté: “Oye, ¿me has llamado por algún motivo en especial?”.
“Es que ya no estás en Facebook”, me respondió. Se ve que me habían expulsado. No fue la primera vez. Tampoco la última.
Comencé mis andanzas en esta red social allá por el 2009, durante mi estancia en Levanger, Noruega. Mi prima me animó. Decía de ella cosas como det er en rart o kjeft, idiot. Yo no la entendía, pero por el tono imaginé que Facebook sería una pasada, así que me hice una cuenta con el nombre de Pepino el Breve, aquel mayordomo que acabó siendo rey de los francos no sé cómo. Al principio, todo iba bastante bien. Durante unas dos semanas me dediqué a colgar fotos de cerdos y vacas, a quienes concedí la ciudadanía francesa a cambio de ser comida y dar leche, respectivamente.
Pero la cosa cambió cuando quise expandirme. Concretamente, lo que me mató por primera vez fue un evento titulado Paja colectiva. No por el evento en sí, que es de lo más común, sino porque subí una foto de pornografía lésbica que no gustó demasiado a los administradores. Supongo que a lo que algunos nos parece tierno a otros les resulta soez. En cualquier caso, me reí mucho con aquel incidente internáutico, sobre todo cuando me enteré de que habían expulsado a varios de mis amigos por mi culpa. Por aquel entonces les aseguré que lo sentía mucho. Otra cosa es que fuera cierto.
Al día siguiente volví a la carga con otro perfil, esta vez bajo el nickname de Ivan Piechowski. Juré por que Francia ardiera que nunca más volverían a echarme de allí, algo muy laborioso para mí, pues ostento el récord Guiness de brevedad en el Fotolog, otra red social: veinte segundos desde que me hice la cuenta hasta el baneo por parte de los administradores. Aun así, conseguí mantener mi juramento algo más de dos años, y eso que no me esforcé en exceso. Entre otras cosas, abrí mi perfil a todo el mundo, dejando, de este modo, que cualquiera pudiese ver y comentar fotografías relativamente guarras y exabruptos cariñosos hacia todos los colectivos sociales que se me ocurriesen, a excepción de los selenitas, que me caen bien.
Como cuando regresé a Barcelona estaba parado y me sobraba tiempo, creé varios personajes para insultarme a mí mismo. Entre ellos estaban Jorge Guillermo Hegelio, la versión ibérica de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, que a todas horas me llevaba la contraria, dijera lo que dijera. O Elisa Lida, una especie de ex novia despechada que siempre mencionaba lo pequeño que es mi pene. Incluso hubo uno, Jose López García, representativo del español castizo y poco enterado, que me amenazó mediante una postal de felicitación de las navidades tomada directamente de la página web de Sergio Dalma, con una imagen del cantante sonriendo de fondo.
Pero si alguna vez hubo algo divertido en Facebook fueron las páginas. Era muy fácil crearlas y conseguir algún tipo de interacción con los demás. Sentía predilección por las que podían ser interpretadas a modo de webs de citas tipo Badoo y los Foros de Petardas al mismo tiempo, más que nada porque los salidos de turno colgaban fotos de sus miembros, preguntaban a los que nos hacíamos pasar por chicas si teníamos webcam y exigían nuestros correos electrónicos. Todo muy puro e inocente. De esas páginas que perpetré le tengo especial cariño a Tener sexo anal por videoconferencia. Los diálogos con estas gentes eran tan amenos y cordiales como duchos en materia sicalíptica. Que de vez en cuando saltara algún puritano lanzándome injurias me resultaba hasta gracioso. Además, me mantenía con ganas de seguir por la misma senda obscena.
Supongo que dicha página me expulsó definitivamente de Facebook, como también lo pudieron haber hecho El logopeda del Rey Juan Carlos, Decís que soy un hombre cultivado solo porque tengo un buen nabo, Me he comido muchos marrones dando besos negros, John Rambo como máximo exponente de la filosofía estoica, Tengo tantas ganas de que te mueras que ya te he escrito una elegía o Golpear a alguien con un consolador y que te juzguen por agresión sexual. Pero los motivos son lo de menos.
El caso es que acabé hilvanando, sin haberlo buscado deliberadamente, un personaje que, desatase más o menos iras, era coherente consigo mismo. Prueba de ello es que una chica -que entonces apenas me conocía y ahora es amiga mía- creyó que varias partes de la biografía que escribí en mi perfil eran ciertas, entre ellas esta:
«En 1996 es expulsado definitivamente del espacio-tiempo ordinario y se exilia en la Venecia de 1625. Sin embargo, vuelve a la palestra cuando, en 2006, la ONU le encarga el cometido de mediar en el conflicto entre China y el Tibet. Su rotundo fracaso no es motivo, según cuenta Kofi Annan en sus memorias, para enviar a Ivan a cuantas misiones de paz hagan falta para su autorrealización personal, que es lo verdaderamente importante. “Además, su facilidad para viajar por el tiempo le confiere muchas posibilidades […] como plantarse en la Grecia Clásica y así acabar con la guerra entre Atenas y Esparta, algo que la ONU no había ni podido plantearse hasta hoy”, afirma Annan en un informe.»
Sin embargo, después de haberme distanciado de Facebook estos dos últimos años, puedo afirmar que estoy completamente rehabilitado y que ya no me queda nada de ninguno de aquellos personajes. Tendré que inventarme otro, pues.