Superhéroes y culto al individuo: ejércitos de un solo hombre

Ilustración: Dim Stars EP | Raymond Pettibon (1991)

 
Comencemos por una verdad de perogrullo: el mundo de los superhéroes es distinto del nuestro. De acuerdo. Pero su singularidad no radica pura y únicamente en unas leyes naturales que difieren de las nuestras –y que permiten, por ejemplo, la existencia de la magia–. No. Además, el mundo de los superhéroes difiere del de sus lectores en ciertos aspectos de la psicología de sus habitantes, que naturalizan la existencia de personas en uniforme, con o sin poderes.

Esta particularidad manifiesta otro rasgo idiosincrásico, si se quiere más sutil, que extrapola un aspecto capital de la cultura norteamericana, fundadora del género superheroico. Me refiero a la enorme importancia que se le reconoce a la singularidad del individuo. Cada uno de los superhéroes, con sus uniformes y sus signos identificatorios, conforma una institución de un solo hombre. Así como los uniformes y las placas de policía pretenden simbolizar la autoridad con la que el Estado inviste a sus portadores, los trajes e insignias de los superhéroes son el símbolo de la individualidad triunfante. Aquello que los habitantes reconocen en el superhéroe, al aceptarlo como tal, es una superioridad producto de su carácter singular.

Todos somos únicos, pero los superhéroes lo son más. Su individualidad hiperdesarrollada los nivela con las instituciones de los simples mortales, que se apoyan en ellos cuando la situación los supera. La batiseñal es un ejemplo cristalino. Si bien la singularidad superheroica, en muchos casos, emana de sus poderes, hay excepciones. También puede tratarse de una superioridad tecnológica, intelectual, deportiva o… financiera. El superhéroe, sin los límites del mundo real, es un templo a la singularidad del individuo en todas y cada una de sus formas posibles.

El surgimiento del superhéroe obliga –entre otras cosas por necesidades narrativas– a la aparición de su contraparte, su némesis: el supervillano. Tomando un ejemplo relativamente reciente, es interesante cómo se construye esta oposición complementaria en The Dark Knight (2008), la segunda película de Christopher Nolan sobre Batman, por otra parte parcialmente inspirada en el cómic homónimo de Frank Miller. En el filme, a Batman se le asigna la misión de restaurar el orden (o, aunque más no sea, un orden) en una ciudad dominada por el crimen. El Joker, por su lado, no quiere construir nada: es caos puro, destrucción de lo existente sin voluntad de construir una alternativa, paladín de la aniquilación tanto material como simbólica.

Más allá del éxito crítico y comercial de la película, fue llamativa la asimilación del Joker con el terrorismo a la Al-Qaeda en algunas críticas. Es innegable y evidente que estamos ante una obra post 11-S, que refleja el golpe sufrido por la imagen que los norteamericanos tienen de sí mismos, de su cultura y de sus mitos fundacionales, pero igualar al personaje encarnado por Heath Ledger con el terrorismo islámico es, por lo menos, una mala lectura. Si bien el Joker es en la película, qué duda cabe, un terrorista, nada está más alejado de su nihilismo supremo que el idealismo ciego del fundamentalismo islámico.

El Joker no busca nada, no quiere nada, más que destruir las certezas de los otros. Para él, todo es ilusorio y esa ilusión debe ser mostrada. Toda construcción –de la identidad propia, de las instituciones, de la solidez de los edificios que las albergan– es falaz, fallida, y por lo tanto falible y fácilmente destructible. Si evoca alguna imagen de terrorista histórico es más bien la de los anarquistas de fines del siglo XIX. De hecho, la figura cinematográfica a la que tal vez más se parezca es El Profesor, interpretado por Robin Williams en la adaptación de The Secret Agent (1996), la novela homónima de Conrad.

El Joker de Nolan es el Otro absoluto, aquello que no puede entenderse, difícil de combatir porque es ajeno a las motivaciones de la mayoría. Se trata de un enemigo mortal: entiende a la perfección a sus adversarios y así descubre qué es lo que debe hacer para quebrarlos. En el caso de Batman, incitarlo a violar su único tabú: el asesinato. El héroe, en un giro crístico muy peculiar –adaptado a la particular teología secular estadounidense–, sacrifica lo más importante: no su vida, sino su reputación, la imagen que los otros tienen de él.

Pero, ¿es realmente eso lo más importante? No. Él sabe que no es un asesino y eso es lo único que importa. En un mundo que eleva la individualidad a principio motor, la propia imagen es la verdadera, al menos en el caso de seres auténticamente únicos como esos héroes de la singularidad y lo individual: los superhéroes.
 

Sobre el autor
(1974) es licenciado en letras especializado en teoría literaria por la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado artículos académicos y periodísticos sobre ciencia ficción, fantástico y cómics en Argentina, Bélgica, Francia, España y Países Bajos. Poeta y traductor, está convencido de que el folletín poético es el bestseller del futuro, pero los editores no le creen.
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