Miami es una mezcla de espectáculo mediático (Messi, Shakira, Trump, Beckham, Julio Iglesias) y de capital internacional del crimen, sin duda. A través de este artículo escrito para Pliego Suelto, Pedro Medina León (Lima, 1977), novelista y editor afincado en la famosa ciudad del sureste de Florida, nos aproxima al contexto de su libro Bandidos (Sudaquia Ed., 2022) y al auge del género Noir Tropical, cuyo epicentro es “la ciudad del glamour, escotes, mar turquesa y neón”.
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En contra de lo que se pueda pensar, Miami goza de una sólida tradición literaria que viene desde la década de 1940 y se sustenta en el género noir.
Los primeros representantes, y aún la mayoría, son anglos, aunque desde un par de décadas en los que se ha abierto el abanico de la literatura escrita en Miami a autores de todos los rincones de Latinoamérica, y no solo a cubanos, viene también manifestándose bajo la etiqueta de Noir Tropical.
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En este panorama se encuentra Bandidos, una novela que narra dos tramas, en épocas distintas, que en algún punto se unen. Una de las tramas se desarrolla en los ochenta, cuando Miami se consolidó como la capital del crimen y el narcotráfico de Estados Unidos, y quizá del mundo.
Por aquellos años, en el barrio de Coconut Grove, el Mutiny Hotel, un hotel boutique, era el punto de reunión más apetecido de políticos, artistas de Hollywood y toda clase de celebridades, pero además también lo era para narcotraficantes y delincuentes de cuello blanco.
Fue desde la terraza del Mutiny, entre langostas, caviar y copas de Blue Label y Dom Perignon que se le abrieron las puertas del país a Pablo Escobar y a Griselda Blanco (alias “la viuda negra”), y desde donde se consolidaron los Cocaine Cowboys.
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Es en esa misma terraza donde Bandidos cuenta un episodio del tráfico de armas entre el gobierno de Washington y una banda de gángsters, para apoyar a las fuerzas contrarrevolucionarias nicaragüenses en su lucha con los sandinistas.
La otra historia de Bandidos, en tiempo presente, tiene como punto de partida el cuerpo sin vida de Romano Valladares, aparecido en extrañas condiciones en el contenedor de basura de un supermercado Winn Dixie.
El esclarecimiento de este asesinato es responsabilidad del Comanche, por encargo de la policía, y desencadenará en un caso de contrabando humano desde la isla de Cuba, una realidad que hoy empapela las pantallas de Telemundo y Univisión en el noticiero de las diez.
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Bandidos es la tercera entrega protagonizada por el Comanche, las anteriores fueron Varsovia (premio Florida Book Awards, 2017) y Americana.
El Comanche alguna vez fue inspector privado, pero su carácter díscolo lo hizo dejar el oficio. Sin embargo, así se lo proponga, no sabe ganarse la vida de otra manera, y por eso siempre termina a cargo de una investigación que lo lleva a destapar los rincones más sucios de Miami.
Así, en Varsovia, el Comanche deberá esclarecer la misteriosa muerte de la mejor amiga de su amante, apuñalada en un callejón de Miami Beach, de madrugada, y ello lo llevará a inmiscuirse en el mundo de la pornografía local (actualmente, Miami ha reinventado la industria del porno a nivel mundial).
En Americana, trabajando como vendedor de telemarketing y viviendo en un motel de la Pequeña Habana, terminará investigando al dueño del negocio, por ciertas irregularidades e injusticias que se le irán revelando. Mientras, en paralelo, una trama ambientada a finales de la década de 1950 presenta a un grupo de jóvenes cubanos conspirando desde Miami para derrocar a Fulgencio Batista, y apoyar a Fidel Castro y sus barbudos de la Sierra Maestra en su llegada al poder (tras la Revolución cubana).
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El género noir está muy manoseado, es uno de los que tiene más clichés y resulta difícil no escapar de ellos. No obstante, el Comanche es el primer investigador no cubano de Miami y tiene características muy particulares que hacen una suerte de vuelta de tuerca.
Es un personaje de identidad desdibujada, sin nacionalidad definida de cara a los lectores, que fluye en un entorno íntegramente multicultural, en el que todos tienen una procedencia distinta: su pareja más reciente es colombiana, la anterior fue argentina, la madre de su hija es cubana y empieza a atraerlo una venezolana. Se mueve por los bajos fondos miamenses, en la frontera del lumpen latino y el anglo, territorio virgen tanto para la literatura escrita en inglés como para la escrita en español
Y en lo que respecta a su uso del lenguaje y de la atmósfera en la que se mueve, no solo se limita a pinceladas de anglicismos para representar un posible spanglish que decore las calles, sino que, tal y como sucede en Miami, se nutre de los coloquialismos y diversos usos del español que utilizan los venezolanos, colombianos, peruanos, argentinos, mexicanos, guatemaltecos y cubanos:
—That night was awesome, dijo el Yanki—tocaba una banda en el bar, Pistolas rosadas— and he doesn’t know anything about rock en español, pero the band was good.
—Eso suena de pinga, mi socio.
El ADN de Miami se sostiene en una postal turística, de mucho glamour, escotes, mar turquesa y neón hot pink, pero los tópicos hay que derribarlos y para eso está la literatura, con individuos como el Comanche, que han respirado y transpirado la ciudad por los cuatros costados hasta verle las entrañas.