Santiago Kovadloff
Buenos Aires. Año 2004. De los cien barrios porteños la escritora Laura Estrin (Buenos Aires, 1967) posa la vista, el oído y el olfato en un barrio que se encuentra hacia el sud-oeste de la capital: Parque Chacabuco. Rodeado por avenidas y una autopista que lo taja al medio, este barrio no es de los más glamurosos ni de los más nombrados en la literatura sobre esta ciudad. Será por ello que captó mi atención. Porque el libro Parque Chacabuco pareciera haber venido para recordarle algo al lector.
Hay una calle, ancha, que baja al parque
por la que me gusta ir.
Los viernes hay feria;
una chica coreana cruza de fucsia y tacos altos.
Venden flores, pescado, pan y especias.
Hoy hay mucho sol y estoy costumbrista.
Parque Chacabuco guarda en el centro de su escritura el realismo de los cuadros de costumbres. No obstante, este se difumina mediante recursos poéticos que empujan la estampa a una imagen más bien impresionista y se acerca, por lo tanto, a una cierta percepción y contemplación del barrio. Si bien la obra recoge todo el folclore de la ciudad –la calle, el mercado o la feria y las voces de sus vecinos– en estos grabados funciona una mecánica similar a la que encontramos en el Haiku.
El resultado es un cuadro realista que despliega a su vez un hojaldre de percepciones, aportando, con sus capas, hondura a la ilustración. Todo aquello que el barrio segrega se encierra en una bella estampa-poética. Parque Chacabuco es la relectura de la calle y su gente junto a sus rituales cotidianos. La escritura discurre entre acontecimientos mínimos que, sin embargo, sacuden la indolencia del lector renombrando un barrio y, con ello, recordándonos que lo que se desgasta no es la ciudad sino nuestra mirada.
El libro Parque Chacabuco está hecho de una base costumbrista y es en las voces del barrio donde destaca con gran claridad su rasgo realista:
La mujer es gorda, se queja, entre una y otra tragedia, San Benito y las estampitas… “Yo, mijita linda, la lucho, el pibe me ayudó a levantar los cajones porque ¿quién los levanta? Yo mijita linda, no me las pises, mijito, yo las alimento, pobrecitas…”. Son cinco gatos y cuarenta palomas –pienso, mientras se filtra la risa-…
Al igual que en los cuadros de costumbres, Parque Chacabuco está ausente de héroes y sus hazañas se mueven entre pequeños espacios y entre quehaceres irrelevantes. Pequeñas tragedias y comedias del día a día. No obstante, el libro de Laura Estrin no busca aleccionar al lector ni levantar críticas; estos personajes antiheroicos del barrio porteño encontraron un observador que meramente los apunta para plasmarlos en la memoria.
El narrador no busca el cambio en ellos, a diferencia de los personajes de los artículos de Larra, donde las figuras se ilustran pegadas a sus convicciones evidenciando cierto empecinamiento e ignorancia. Los vecinos de Parque Chacabuco mantienen una voz doméstica pero no por ello menos política; circulan entre superficies estrechas tanto físicas como mentales tornando la lectura sobre ellos cotidiana.
Del realismo a lo poético
Si partimos de un centro realista, Parque Chacabuco incorpora lo poético utilizando el peso de las palabras y sus resonancias, la propagación que estas aportan a la imagen. Este es un elemento fundamental de la poesía y, por lo tanto, del haiku, ya que su cualidad es la brevedad, en palabras de Roland Barhtes “[…] fósforos inopinadamente frotados en la oscuridad”. En su libro La preparación de la novela el autor francés lo explica así: “En los haikus más antiguos, siempre hay una alusión a la estación: el Kigo o Palabra-Estación: quizás el detonante mismo: calor de verano, viento de otoño, o una metonimia clara y codificada: flor de ciruelo = primavera”. De igual modo que en los inicios del haiku, las estaciones en Parque Chacabuco se perciben no como acotación sino como esencia.
Roland Barthes cita dos ejemplos. Uno de ellos es el siguiente:
Acostado
Veo pasar las nubes
Habitación de verano
(Yasha)
Del mismo modo, las estampas de Parque Chacabuco estarán impregnadas por cada estación y harán alusión al tiempo aportándole a la imagen un color o matiz:
Domingo para mirar desde la puerta-ventana,
calor de primero de mayoLa alemana cruza, sostiene por el brazo a la mujer
Otoño. Viento
Los dos ejemplos citados podrían funcionar de forma independiente. Son en sí pequeños poemas minimalistas. Sin embargo, ellos sostienen la poética en el encuadre, ya que sitúan al lector en una emoción o estado mental invitándolo a recoger del recuerdo cómo se siente un día en otoño; cómo se percibe el calor un primero de mayo. Las palabras Viento u Otoño o Domingo caen en el escrito como piedra en un estanque generando un nuevo tejido en la imagen, afectándola.
La captación del instante
Roland Barthes habla del haiku como forma de “escritura absoluta del instante”, una forma de […] “memoria inmediata como si la Notatio (el hecho de anotar) permitiera recordar inmediatamente. El haiku es verdaderamente un grano de oro hecho con lo que, de otro modo (si no hubiera escritura), sería la arena del tiempo”. A diferencia del cuadro costumbrista que ilustra una escena, la obra de Laura Estrin ilustra el instante y sus detalles, al igual que el haiku.
Un perro ladra
Ante un vendedor ambulante
Durazneros en flor
(Buson, Coyaud)
Del mismo modo, Laura Estrin recoge instantes que en muchos casos son secuencias; se construyen, fijan y destruyen por su misma naturaleza. Lo efímero, pues, está presente en toda la obra.
Alzó los chiquitos ojos negros, esperando, penosos, con ese movimiento justo en medio de la mirada; era muy bajo, torcido. Los ojos subieron, fijos, y la tristeza enturbió al triciclo y al padre, sucios de tierra de papas.
Sobre bordes: un pordiosero haciendo pis en el triángulo de la plazoleta Primera Junta, otro, más joven, mirando los colectivos, extendido y arrugado sobre un banco.
Encontramos en el ejemplo una foto instantánea, un registro literal del mundo, lo que es un componente también del haiku: la contingencia. Como lo expresa Basho: “Un haiku es simplemente lo que sucede en tal lugar, en tal momento”, dándole un efecto de realidad registrada. Aun así, esta anotación de lo circundante no queda allí, la autora aporta su subjetividad añadiendo adjetivos o metáforas que empujan el texto hacia lo poético. En el ejemplo, los adjetivos extendido y arrugado sobre el banco (en referencia al joven) aportan no solo rasgos psicológicos al personaje, sino que además desdibujan de la imagen el registro literal acercándolo más bien a un impresionismo.
El gesto
Si hay un elemento del que carece el realismo es el del vacío; algo de lo que la poesía está hecha. Las fotos instantáneas de Parque Chacabuco están ausentes de obviedad creando espacios huecos y canales para que discurra lo poético y esto se observa claramente en los gestos de los personajes. Las figuras de esta obra parecieran ser actores de cine mudo donde el gesto es la voz y la expresión. Sus movimientos acusan el estado emocional de ellos, puesto que estos se presentan extendidos en el tiempo. Según Barthes, “Un gesto es no solamente el movimiento corporal, sino también la detención de ese movimiento”. El gesto aparece en estos paisajes instantáneos ralentizado como en el haiku: “El gesto haikista: emparentado con el ludión, figura suspendida en el agua, que se mueve dando al mismo tiempo la impresión de una finalidad de inmovilidad”.
Siesta
La mano deja
De mover el abanico
(Taigi, Coyaud)
En este ejemplo se percibe el movimiento por su detenimiento. En el siguiente ejemplo de Parque Chacabuco se intuye lo contrario: la inmovilidad posterior al movimiento:
La mano, chiquita, se agita rápido. El viejo la despide detrás de la ventanilla, de abajo, en la mitad del colectivo, Asamblea al 800.
La gente que se ilustra en Parque Chacabuco se impregna en la retina del lector por sus ademanes, sus hábitos, sus rituales abandonados mostrando, asimismo, la psicología de ellos:
La mujer de enfrente mira la lluvia, para abajo, en el pasaje
Mira inclinada desde la madera del balcón largo
Apoyada la cara en la mano, hoy no limpia-no-riega
Quizás sea en el trabajo realizado sobre el gesto donde la lectura de Parque Chacabuco evidencia lo efímero del presente al igual que el haiku. Mediante la anotación mínima del detalle entre espacios vacíos, lo que es enmarcado entre lo que fue y lo que será
Parque Chacabuco son estampas que se hallan entre el cuadro de costumbres y la poesía. Si bien guardan en su núcleo el realismo propio del costumbrismo, comparten con el haiku, a excepción de la forma métrica, lo efímero, la ausencia de generalidad, la captación y la contemplación del instante y del detalle: como un pliegue en la tela lisa del día, diría Barthes.
La obra se centra en lo particular con claridad y simpleza sin buscar interpretaciones ni moralejas dejándonos más bien a solas con el barrio y su pulso. Así como el cuadro de costumbres encuadra situaciones sin trascendencia, pero a diferencia de este, donde el narrador del artículo de costumbres es ácido y satírico porque promueve reformas sociales, la voz de Parque Chacabuco busca renombrar lo cotidiano y al hacerlo rompe con la familiaridad plasmada en nuestra mirada para redescubrir así lo bello en lo olvidado. Y nos recuerda, en definitiva, que caminar un barrio conocido no significa precisamente conocerlo.
Barthes, Roland, La preparación de la novela, Siglo veintiuno editores Argentina S.A, Buenos Aires, Argentina, 2005.
Estrin, Laura. Parque Chacabuco, Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2004.
Kovadloff, Santiago, Oteriño, Rafael, “Los poetas contra la secularización y la idolatría de los objetos”, Periódico La Nación. ADN Cultura, 19/01/2008. Versión digital: http://www.lanacion.com.ar/979078-los-poetas-contra-la-secularizacion-y-la-idolatria-de-los-objetos
Larra, Mariano José. Artículos, Cátedra Letras Hispánicas, Madrid, 1988.