Olivia Teroba: “Lo que yo planteo es que las mujeres vivamos sin miedo y en México no están dadas las condiciones para eso”

Fragmento cubierta «Un lugar seguro», Olivia Teroba. Las afueras, 2021

 
Un lugar seguro (Las afueras, 2021) es un conjunto de ensayos en clave autobiográfica que descifra la violencia estructural contra la mujer en México, la complejidad familiar, la amistad y la solidaridad. Dialogamos con su autora, Olivia Teroba (Tlaxcala, México, 1988) –narradora, ensayista y editora– quien toca aspectos como la metamorfosis de su composición textual, la apelación a crear comunidad y espacios (como forma de supervivencia), la reflexión histórica sobre la Malinche y la colonización, así como su proyecto editorial autogestionario, Osa Menor. Teroba ha publicado también el libro de relatos Respirar bajo el agua (Paraíso Perdido, 2020).

El título de tu libro (Un lugar seguro) recuerda la habitación propia woolfiana. Si la escritora inglesa se planteaba la necesidad de disponer de un espacio para escribir, tú planteas un espacio donde prevalece la seguridad. ¿Cómo nace esta búsqueda de un lugar seguro?

La escritura puede ocurrir en situaciones difíciles: durante algunos minutos libres entre una y otra labor de cuidado, de madrugada después de un trabajo de tiempo completo, incluso durante conflictos armados y guerras. Es una forma de reivindicar nuestro lugar en el mundo y por ello ocurre, a pesar de un montón de condiciones adversas.

Virginia Woolf, 1929

Lo que planteaba Woolf tenía que ver con procurar las condiciones ideales para que cualquier mujer que quisiera escribir pudiera hacerlo sin tener que sortear dificultades o redoblar sus esfuerzos con tal de plasmar una línea. Todas tenemos derecho al tiempo libre, a la habitación propia, aunque eso ahora se vea lejano dadas las condiciones laborales tan precarias que existen.

Por otro lado, lo que yo planteo es que las mujeres vivamos sin miedo. En México no están dadas las condiciones para eso. Mi escritura, en este libro, busca enunciar la urgencia de mejorar nuestras circunstancias: escribimos, resistimos y exigimos vivir en un lugar mejor. A la par, indago en cómo llevar esta búsqueda a la intimidad: revisar el daño que hacen día a día el patriarcado, el capitalismo y la violencia cotidiana.

Hay muchas conductas y prejuicios que están interpelándonos constantemente, y pensar en procurar ese lugar seguro implica aprender a nombrar esas violencias, cuestionar lo aprendido. Cuidarse y tender redes de cuidado con personas cercanas son acciones anticapitalistas y antipatriarcales. Lo que intento en este libro es expresar estas ideas situándolas en mi realidad, en mi entorno inmediato.

Tlaxcala está muy presente en las páginas de tu ensayo, no solo por ser tu lugar de procedencia, sino por toda la violencia que se ejerce cotidianamente sobre las mujeres. ¿La ciudad sigue siendo “una traidora”?

Algo que intento hacer en uno de los ensayos del libro, “La culpa”, es cuestionar la idea de traición. En el caso de los tlaxcaltecas durante la Conquista, me pregunto si se puede hablar de traición cuando los mexicas eran un pueblo enemigo.

Foto: Oswaldo Ruiz

Otra idea a cuestionar es la idea de México como nación: en aquel momento, el territorio que ahora nombramos México lo habitaban varias poblaciones. Tlaxcala era una de ellas, y era uno de los pocos pueblos que resistían al sanguinario imperio del pueblo mexica.

Llega entonces un extranjero que les propone una alianza, los tlaxcaltecas aceptan. ¿Por qué no hacerlo? Y, de hecho, hubo quien se opuso, pero en ese entonces ya había una estructura política bien organizada, en señoríos. Los cuatro jefes de cada uno de los señoríos –Tepeticpac, Tizatlán, Ocotelulco y Quiahuiztlán– estuvieron de acuerdo en hacer esta alianza, fue una cuestión estratégica. Los conquistadores aprovecharon la estructura atomizada de pueblos indígenas, hartos de pagar tributo a aquellos que los mantenían sometidos.

Después, los tlaxcaltecas colonizaron el norte del país y recibieron algunos beneficios de parte de los conquistadores, pero nunca fueron tratados como iguales porque a los nativos de este continente los conquistadores difícilmente los veían como personas. En este sentido, Tlaxcala no cometió una traición: pensarlo es sustentar un discurso reduccionista donde Tenochtitlán, la ciudad de los mexicas, es el centro de la historia.

Ahora, respecto a las mujeres: la sociedad tlaxcalteca, así como la mexica y muchas otras comunidades prehispánicas (pero no todas), comerciaban con las mujeres. Ellas tenían menos derechos que los hombres a participar de la vida política de su pueblo, menos libertad de acción y movimiento. Está el caso de la Malinche, que fue obsequiada a Hernán Cortés, cuyo nombre se utiliza para designar el gusto por lo que viene de afuera: ser malinchista.

Gloria Anzaldúa, 1987

Gloria Anzaldúa en Borderlands pone esta frase en boca de la Malinche “Yo no vendí a mi gente. Mi gente me vendió a mí”. ¿Cómo es que algunos consideran traición darle la espalda a un sistema que utiliza tu cuerpo como una mercancía?

Hasta ahora, en México hay una cultura machista muy arraigada, y en Tlaxcala hay muchos casos de violencia de género y feminicidios. Hay una zona roja, Tenancingo, donde ocurre la trata de personas con total impunidad. Y existen muchas violencias contra las mujeres que no se cuentan, que no están en los números.

En fin, habría que repensar la culpa en el sentido histórico, de nada sirve estar buscando culpables si las condiciones ahora son tan hostiles para sustentar derechos humanos elementales.

A veces parece que se buscan culpas históricas para justificar los males que vienen desde la Conquista: la desigualdad, pobreza y precariedad que abundan en nuestro país. Es más fácil culpar a una mujer que vivió hace 500 años que aceptar que habitamos un país con un sistema político que nació corrupto y desde siempre defiende los intereses de los más poderosos.

Tus ensayos parecen registrar el acto de escribir en sí desde la pérdida de la soledad en el hogar propio, pasando por la recuperación de recuerdos del pasado, hasta las reflexiones metaliterarias. ¿Te planteaste el libro como un work in progress?

No fue un planteo que haya hecho a conciencia, pero sí, al final la escritura de este libro fue un work in progress.

Los primeros textos los empecé a escribir como una forma de desahogo. Después los envié a concursar para probar suerte. Cuando ganaron el concurso estatal de ensayo, busqué publicarlos y entonces revisé los escritos, su orden y estructura para transformarlos en un libro.

Las afueras, 2021

Los textos fueron cambiando, hice varias versiones conforme avanzábamos en el proceso de edición del libro con el sello Paraíso Perdido. También cambié varias cosas en la edición de Las afueras. Algunos ensayos los iba repensando o pasaban cosas en mi vida que me parecía importante contar, o encontraba cómo expresar mejor algunas ideas. Por eso estoy muy agradecida con mis editores de ambos países, que fueron tan pacientes y me acompañaron en el proceso de reescribir hasta que pude darle un cierre final al libro.

Te interesas por la tradición literaria y, más concretamente, por la escritura de autoras que fueron silenciadas o poco estudiadas por la historia de la literatura. ¿Crees que sigue siendo una asignatura pendiente?

Desde luego. Es un proceso muy interesante el que se ha ido dando con la búsqueda de autoras relegadas por la historia.

Anteriormente, era muy fácil para el canon literario decir que la mayoría de libros eran de hombres porque las mujeres no escribían, por falta de acceso a la educación o por falta de capacidad o voluntad de escribir. Es gracias al interés de investigadoras e investigadores que se han ido desmintiendo estos argumentos tan absurdos y se han encontrado libros valiosos que habían sido olvidados por toda una estructura que omite la participación de las mujeres en la historia.

Por supuesto que esto aún no termina, porque no se trata solo de “descubrir” a una autora y sumarla a alguna lista, antología o mencionarla en un artículo: se trata de publicar su obra, difundirla, que sea leída, contextualizada y estudiada para situarla en nuestro presente.

En tu escritura hay una reivindicación a favor de la libertad de posicionarse desde el lugar de la intimidad, incluso como un acto político. Según tú, ¿la escritura conquista territorios?

Olivia Teroba, 2020

La escritura es, para mí, un acto de libertad, un espacio de regocijo, de catarsis y de indagación.

Al contrario de la lógica de la propiedad, lo que obtenemos de la escritura no se queda en quien la escribe: se esparce y se reproduce en otres, se vuelve un intercambio inagotable, es la maravilla del intertexto.

No sé si todo esto se pueda llamar “conquista”, pero sin duda sí expande los límites, implica ampliar nuestra forma de sentir y pensar el mundo.

Haces especial hincapié en la sororidad, en la creación de una comunidad de mujeres que ayudan a la supervivencia. ¿De dónde parte esta convicción?

De la certeza de que el camino para recuperar la esperanza es hacer comunidad.

Hago hincapié en la amistad entre mujeres porque el patriarcado rompe estos lazos antes de que comiencen a formarse. Pero creo que toda comunidad es necesaria en estos tiempos, me refiero a buscar el bienestar colectivo.

Un lugar seguro termina con una serie de agradecimientos. ¿Es un punto de esperanza ante esta inseguridad latente en tus páginas?

En general todos los ensayos del libro buscan, de manera asidua, esperanza ante el horror y respuestas ante la incertidumbre.

Pero aquí también se involucra otra idea que tengo de la escritura: no hay respuestas definitivas. Por eso, a veces se insinúa la esperanza, se insinúan las respuestas, pero también intento hacer nuevas preguntas.

Para acabar, ¿nos podrías hablar del proyecto editorial Osa Menor?

Editorial Osa Menor

Gracias a un programa de escritura en la Ciudad de México que funciona por medio de becas, la Fundación para las Letras Mexicanas, conocí a varias escritoras y escritores con quienes se formó una relación entrañable. La beca es para menores de treinta años y ahí estábamos: acercados por la escritura en la cotidianidad, por las caminatas, las charlas, fiestas y juegos que inventábamos para relajarnos de la tensión que implica querer darle un espacio a la literatura en nuestras vidas.

En mi círculo cercano se escribían géneros distintos: poesía, ensayo, narrativa. Al terminar el programa (la beca puede durar un año o dos), cada quien tenía uno o varios manuscritos listos para ser publicados. Entonces vino el choque con la realidad: en México hay muy pocos espacios para publicar un primer libro. Las editoriales independientes (que en ese entonces eran menos) estaban sobrepasadas de títulos y escasas de recursos.

Tener una editorial independiente en México no es un negocio, se hace por amor al arte. Por otro lado, están las editoriales comerciales que son dos trasnacionales bien conocidas, que buscan libros que vendan bien, lo cual rara vez se puede prometer cuando estás empezando.

Si algo compartían nuestras escrituras, era ver la literatura como un espacio de descubrimiento: de lo íntimo, de la oralidad, de los recovecos del lenguaje y del pensamiento, de cómo iba a conformarse nuestra nostalgia como generación, de las interacciones entre lo digital y la literatura. Teníamos propuestas distintas, pero todas alejadas de lo que nos enseñaron que era el canon, y además, de lo comercial, de los libros que se hacen para vender.

Foto: Oswaldo Ruiz

Pasó el tiempo y no encontrábamos dónde publicar. Estábamos cansades de enviar a concursos o a dictamen sin obtener respuesta.

Y un día, a inicios de 2018, Andrea Muriel, Pierre Herrera y yo, veíamos por la ventana del departamento donde vivía él cómo derrumbaban un edificio vecino, que había sufrido daños por el temblor en Ciudad de México en 2017. Platicábamos sobre lo difícil que era publicar y parecía que el edificio de al lado nos corroboraba la desazón que nos heredaron las generaciones anteriores de escritores mexicanos: un círculo intelectual centrado en una sola poética y las relaciones que se generan a su alrededor, excluyendo todo lo demás.

Entonces nos preguntamos, ¿y si abriéramos una editorial, cómo se llamaría? Nos quedamos en silencio, con el ruido de las máquinas de demolición al fondo. El edificio que estaban derrumbando se llamaba Osa Mayor y nosotres decidimos irnos por algo menos rimbombante y canónico: preferimos llamarnos Osa Menor, pensar en las constelaciones de amistades y significados que se pueden generar poniendo esfuerzos en común.

También es menor porque trabajamos en pequeño: tirajes cortos, venta directa y un par de presentaciones. Vamos trabajando de a poco porque todos nos dedicamos a algo más para vivir, esto lo hacemos como una forma de abrir un espacio más en la literatura.

Por ahora seguimos haciendo libros de personas que conocemos, ojalá que más adelante el proyecto siga y podamos integrar a más autoras y autores. Queremos hacer un catálogo que nos guste, donde cada libro sea una mirada fresca sobre la escritura.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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