Conversamos con el escritor, periodista y gestor cultural, Miqui Otero (Barcelona, 1980), a propósito de Simón (Blackie Books, 2020), su novela más ambiciosa y que ha recibido grandes elogios por parte de la crítica y del público español. Una historia de corte decimonónico con ecos de picaresca y posmodernidad, que transcurre desde la niñez hasta la edad adulta del protagonista, quien vive entre la Barcelona olímpica y la Barcelona de 2018, pasando por el procés y el atentado de las Ramblas de 2017.
Acabas de publicar tu cuarta novela, Simón. ¿Tenías claro desde un principio el tono y la estructura? ¿Cómo fue el proceso de escritura?
Tenía muy claro que la novela dibujaba el arco de auge y caída entre el verano de los Juegos Olímpicos (Barcelona, 1992) y el otoño después de los atentados de 2017 (en las Ramblas y Cambrils), sí. Y sabía, desde el principio, que si había elegido esos dos conos para empezar y acabar era porque quería describirlos a través del personaje que daría título al libro.
Es decir, Simón sería ingenuo, tendría la fe acrítica y la curiosidad entusiasta de un niño a los ocho años, en paralelo a un país que tendría esa misma ingenuidad, fe acrítica y curiosidad entusiasta en su propio porvenir y en el marco de la euforia del 92. Y lo mismo, pero antónimo, al final.
Del mismo modo que cambiaba el personaje y cambiaba el país y el mundo, la novela debía cambiar también. Si Simón tomaba conciencia de la diferencia entre novela y vida, si sufría desengaños, si ya no se explicaba a sí mismo como un héroe, si su entorno no era épico, en la novela se tenía que dar cuenta de lo mismo.
Así que su tono debía cambiar y pasar de la épica muy fotogénica y decimonónica a una cosa más aterrizada y actual. Incluso las citas que encabezaban los capítulos debían estar al servicio de esas ideas, por eso se va de Scaramouche a César Aira.
Sí, eso lo tenía claro.
En este proceso, asimismo, reconstruyes la ciudad de Barcelona desde los Juegos Olímpicos del 92, pasando por el período del procés o del atentado de las Ramblas, hasta el año 2018. ¿Qué te llevó a recrear la historia de esta Barcelona tan cercana en el tiempo?
A mí no me gusta transcribir. Es decir, no me gusta escribir de lo que pasó ayer, al menos en mis novelas. Pero en este caso vi muy claro que ese arco era interesante, porque iba de la euforia casi infantil al desengaño adulto.
Cuando lo decidí, procedí a sembrar de determinadas cosas el principio, para recogerlas al final (me refiero, por ejemplo, a la visita al culto gitano o a las reflexiones sobre la fe que hay en la primera parte y que luego explican cierto ánimo colectivo al final).
Si te fijas, lo hago con mucha cautela (¡habrá quien diga que lo hago con cobardía!), porque Simón, simplemente, pasa por ahí, no participa como protagonista de esos hechos importantes. Pero estos sí le influyen, de forma directa o indirecta.
Quería una novela no larga, sino también ancha, que atrapara la intimidad pero también muchos temas sobre los que había ido pensando (que me habían inquietado o hecho dudar) en los últimos años. Y para eso, también, sirve la novela.
La novela relata la vida de Simón durante casi tres décadas, desde su niñez hasta la edad adulta, en dos tonos claramente distintos: por un lado, el apogeo y, por otro, una especie de caída libre. ¿Es una manera de llamar la atención sobre el hecho de que la vida, como apuntabas antes, no es, al fin y al cabo, tan épica?
Sí, la cosa va por ahí. En un momento de la novela se dice, por ejemplo, que “el azar desordena la vida pero ordena las ficciones, las novelas”. Bueno, Simón se da cuenta de eso, y la novela, como te decía, también. Por eso embellezco algunas cosas, casi saturando los colores, y las acetrino y las afeo en otras.
En realidad la novela atrapa la experiencia, pero al mismo tiempo la deforma y caricaturiza cuando lo necesita. Hay la anécdota aquella de Sartre, que miraba siempre la Enciclopedia Larousse: le encantaba ojear esas plantas y esas flores y esos nombres. Le parecía precioso. Bien, pues cuando por fin sus padres lo llevaron a los Jardines Luxemburgo a verlas…. le pareció una mierda.
Es una forma de decir que la vida suele traicionar nuestra versión idealizada de los libros, aunque los buenos libros, claro, se nutran de vida o estarían muertos antes de nacer.
Los personajes engañan, se engañan a sí mismos y al resto. En cierta manera, la novela también funciona así porque se estructura y desestructura constantemente ante nuestros ojos. ¿Cómo nace este juego argumental y narrativo?
“Me mentía todo el rato pero no lograba engañarme”, dice un personaje de S. E. Hinton. A mí esa frase me ha servido como motor de algunas partes de esta novela. La posibilidad de engañarte o de mentirte es, también, la posibilidad de fabular y de imaginar otros futuros para ti.
A veces esto es tóxico, porque no los vives si sigues mintiendo. A veces, te dan el aire que tu vida no te da. Pero en cualquier caso una de mis armas como narrador es jugar al contraste y el choque entre lo imaginado y lo vivido, entre lo que se cuenta como verdad y lo que no sucedió.
Tanto en una vida como en el relato oficial de un país o de lo que sea. Mentir te permite narrar una aventura y también exponer el desengaño de quien no pudo vivirla.
A pesar de ser una narración en tercera persona, el narrador interpela al lector, como si se tratase casi de un coro griego, en diversos momentos a través del “nosotros”. ¿De dónde surgen estas dos voces narrativas?
Quería generar un narrador omnisciente, muy editorial, muy opinador, a ratos cariñosamente y otras veces de modo paternalista e irritante.
Al principio, ese narrador es un narrador decimonónico, que puede ir al corazón del protagonista y a una azotea a describir la ciudad. Pero, paulatinamente, lo que intento es que se encariñe, también él, de esas criaturas. Tanto de los personajes como de quien hay al otro lado, leyendo. De ahí todos esos juegos, y algunos más…
Al final de la novela aparece el protagonista de mi anterior novela (que se suponía que era escritor). Incluso aparezco yo mismo. Tonteo con la idea de qué personaje de esta novela podría estar explicándote todo esto. Son juegos que parecen coqueterías, pero que, en mi cabeza, están al servicio de algo: de la ambigüedad y de la curiosidad, y de darle a la historia el tono que pide en cada momento.
En el desarrollo de la novela se puede entrever ciertos paralelismos entre la vida y las hazañas de Simón y su primohermano, Rico, y la caída de una ciudad en crisis. ¿Hasta qué punto crees que se trata de un retrato generacional pesimista?
No sé si es una novela generacional. Supongo que todas lo son de algún modo. Sí me gusta, porque las novelas que me gustan eso intentan, explicar un mundo, o un momento, a través de la intimidad de un personaje. Creo que ese es uno de los fuertes de la novela como género. Pienso que por eso es invencible, sobre todo, aunque no siempre, si sabe reunir en una misma historia la vivencia personal como espejo de lo que le sucede a esa sociedad.
Supongo que es más optimista al principio y más desengañada, o “pesimista”, al final. Ni siquiera por cómo soy yo, sino por el momento (en la vida del personaje y de su ciudad y su país) que toca explicar con cada tono.
De todos modos, incluso cuando la novela es más crítica, tiene una luz más o menos amable, porque creo en ese tono, en su capacidad de seducción y para transmitir ideas. Y porque uno va aprendiendo qué se le da bien, en función de sus limitaciones, y el tono que yo intento emplear muchas veces es el de alguien que está triste, pero que intenta sonreír.
Me emociona más esa imagen que la del optimista irreductible, casi idiota, y también más que la del pesimista cenizo y autocomplaciente.
La amistad es uno de los puntos más sólidos, que parece inquebrantable, a pesar de todo lo que sucede en la vida de los personajes. ¿Por qué decides otorgarle esta importancia en la novela?
Ya la tenía en mi anterior novela. Lo que pasa es que la amistad, la de bar, o la que pone a tus pies la vida, es la familia de adopción. Es lo que tú eliges. Y si escribes novelas en las que el protagonista se expone a nuevas experiencias, frecuenta otros círculos, está bien que conozca a nuevas personas e incidir en eso.
Y, además, en el momento de volver (en el caso de Simón) a veces no se puede volver a un sitio, porque ha cambiado o no está, pero sí se puede volver a una persona. A un amigo, por ejemplo.
La amistad, incluso cuando es interesada y ya no se le puede llamar así, me interesa por muchos motivos. Y cuando es generosa, me parece que funciona al margen de las lógicas del sistema, de producir, etc. Por eso también me interesa.
El libro, como objeto, está muy presente en toda la novela, pues forma parte del legado de Rico a Simón desde la niñez, convirtiéndose casi en una obsesión, se encuentra dominicalmente en el Mercat de Sant Antoni… ¿Crees que el libro es un lugar de (re)encuentros?
Bueno, el libro es el lugar de encuentro, para empezar, entre un autor y un lector o lectora. Y da igual que entre ellos disten cuatro siglos, diez años o que vivan el mismo minuto. Esa cosa me parece mágica, aún hoy.
Dice Umberto Eco que el libro funciona tan bien, sobrevive siempre, porque es tan perfecto como el cuchillo o la rueda. Y tiene razón.
Me gusta el libro como tiempo concentrado. De la cabeza del autor a la del lector, pasando por el editor, el corrector, la imprenta, el librero, el lector anterior (si es un libro de segunda mano) que subrayó lo que le interesaba….
En un momento de la novela se habla de la diferencia entre el precio y el valor, digamos real, de un libro. ¿Cuáles son los libros que más valor han adquirido en tu biblioteca personal?
La diferencia entre el precio y el valor (y en la novela se ejemplifica tanto con los tulipanes de la famosa novela de Dumas como en los platos pijos del restaurante con estrella Michelin) es uno de los temas de esta novela. Y lo descubrí, entre otras cosas, precisamente con los libros, que todos tienen más o menos el mismo precio, pero desde luego no el mismo valor para ti, como lector.
Del ejemplar de La historia interminable o de Cuentos por teléfono (Rodari) de niño, pasé a Rebeldes de Susan Hinton o La isla del tesoro, en la preadolescencia. Y a partir de ahí, Vonnegut, George Eliot, Balzac, Baroja, Marsé, Casavella, Bellow, Kingsley Amis. Podría decir mil.
Como objeto, al libro en sí, le tengo mucho cariño a una edición viejísima (resultó ser verdaderamente antigua, aunque la compré en un mercadillo) de Narraciones Humorísticas de Mark Twain y la primera que compré de Últimas tardes con Teresa, de Marsé, también.