Manuela Buriel: “La fuerza de la adolescencia se basa en una vivencia particular del tiempo: solo existe el presente”

Fragmento cubierta «Animales feroces», de Manuela Buriel. Aristas Martínez, 2020

 
Pliego Suelto dialoga de forma distendida con Manuela Buriel (Barcelona, 1979), integrante del Colectivo juan de madre, a propósito de su novela Animales feroces (Aristas Martínez, 2020), un libro sui géneris donde se narra el viaje iniciático de un adolescente de dieciséis años y su metamorfosis comunista, que despertará su conciencia de clase obrera y de especie.

Tal y como ocurría en el libro El barbero y el superhombre, la lucha se encuentra en el centro de Animales feroces, subtitulada una fábula comunista. Estamos ante una lucha de clases, una lucha de la adolescencia contra la edad adulta, pero también contra el pensamiento capitalista e individualista… ¿Es posible el comunismo hoy en día?

Es cierto que un poco de todo esto ya lo tratamos en El barbero y el superhombre. Pero, mientras que en la novela que compuse junto al Colectivo juan de madre, nos movía una intención más analítica y neutra, en Animales feroces me decanté por un texto casi panfletario, dándole voz al adolescente radical, intransigente, de ideales comunistas (lector de Marx, Engels, Bakunin, Lenin o Mao) que una vez fui.

En la actualidad, mis ideas al respecto están llenas de matices, pero muchos aspectos del pensamiento comunista me siguen interesando. Sobre todo, como herramienta para generar imaginarios disidentes a la lógica del realismo capitalista.

No sé si es posible el comunismo hoy en día, en cambio, sí que estoy convencido de la necesidad de generar nuevas alternativas al sistema neoliberal.

Ahí tenemos propuestas como el aceleracionismo, el xenofeminismo, las ideas de Donna Haraway y etc… Todas ellas, por cierto, más o menos herederas de los preceptos marxistas.

El personaje de Damián, profesor de filosofía, parece un amigo y un enemigo al mismo tiempo. ¿El mundo adulto siempre es más edulcorado? ¿No hay forma de mantener viva la llama de la adolescencia?

Según mi experiencia como profesor de secundaria, la fuerza de la adolescencia se basa en una vivencia particular del tiempo: solo existe el presente.

Para un adolescente, lo que sucedió hace diez años es inconcebible. Esto los dota de una visión desanclada de cualquier tradición, lo cual resulta absolutamente revolucionario (y enriquecedor también para el mundo adulto, si unx está dispuestx a contaminarse de esa cosmología ardiente).

Manuela Buriel, escritor

Inevitablemente, esa llama de puro presente, ingenua y todopoderosa, se va apagando según van siendo conscientes de la historia de la humanidad, que les antecede y entienden el futuro de explotación laboral al que se les aboca, convenciéndoles de que se trata de la única vía posible de vida (para aquellxs jóvenes de clase trabajadora, que son la mayoría).

Por eso, como decía antes, me propuse la tarea de escribir una novela procurando recuperar mi ideario adolescente. Intentando evitar la condescendencia o la matización adulta hacia aquella radicalidad incendiaria.

Los ricos se contraponen a los obreros, el conocimiento de varias lenguas al monolingüismo, el hachís a la coca… ¿Seguimos viviendo en la falacia de la igualdad de oportunidades? ¿Por qué los ricos parecen mejor a ojos de la clase media-baja?

Entiendo que en general sí, que la idea de la igualdad de oportunidades y de la ascensión social, basada en el esfuerzo sigue muy arraigada entre nosotrxs.

Sin embargo, también creo que hay momentos en los que esta falacia se desmorona a ojos de todxs. La reciente revuelta en Estados Unidos por los crímenes cometidos contra la comunidad negra, por ejemplo. O, tal vez aún más flagrante, en esta pandemia que estamos padeciendo, se evidencian las abismales diferencias de clase a nivel sanitario y educativo.

Aristas Martínez, 2020

Un desgarrador ejemplo concreto es lo sucedido en la comunidad de Madrid: cómo a aquellos ancianos con seguro privado no se les negaba la hospitalización. Vida o muerte, según tu estatus económico. Además de evidenciarse la incapacidad del sistema del libre-mercado de afrontar una crisis sanitaria de este calado.

Por otro lado, no tengo tan claro que la gente de clase media-baja, estrato del que yo provengo, veamos con buenos ojos el estilo de vida de los ricos.

Con lxs adolescentes que yo convivo (de clase baja) percibo un orgulloso sentido de clase. Evidentemente, expresan su aspiración a tener mucha pasta, a llevar ropa de marca, a no tener más posibilidades de morir por una pandemia debido a la falta de recursos, a no tener que trabajar doce horas diarias para poder sobrevivir. Pero desprecian a los niños pijos, aborrecen los barrios altos de Barcelona. Desearían tener su dinero, pero no su moral.

En relación con todo esto, es curiosa la idea de los padres del protagonista que prefieren enviar a su hijo a un colegio privado, lejos de las posibles malas influencias, provocando el efecto contrario al deseado… ¿Cómo es posible que siga tan estigmatizada la enseñanza pública en relación con la privada?

Es evidente, o así lo creo, que el sistema de educación privada funciona como mecanismo de distinción de clase. No creo que a sus usuarios les importe tanto el aprendizaje o enriquecimiento cultural como las posibilidades de promoción social.

Mao Zedong, 1964

En este sentido, entiendo que aquellas familias que aspiren a este tipo de ascensión quieran que sus hijxs estudien allí, donde las élites forjan sus relaciones y se garantizan sus futuros puestos de trabajo privilegiado.

Aunque tampoco estoy seguro de que esta sea una pretensión generalizada entre la clase media-baja.

En cualquier caso, según mi modesta opinión, si de verdad aspiramos a la igualdad social, la primera y más fácil solución pasa por la prohibición absoluta de la educación y sanidad privadas.

El título, Animales feroces, apunta ya una dualidad que iremos encontrando a lo largo de la novela: la contraposición entre los animales feroces y los domesticados. ¿Todos llevamos este animal dentro? ¿La ferocidad es la única aliada en contra de la domesticación?

Exacto, estas son las dos principales tesis fabuladas en el libro. Mao Tse-Tung decía que no existía una naturaleza humana única. Sino una naturaleza humana burguesa y otra naturaleza humana proletaria.

Me parece una apreciación explosiva, pero interesante a la hora de desbaratar la universalización del concepto “humano” que la cosmovisión burguesa impuso a partir del siglo XVII (que, además, me parece tramposa, ya que cuando dicen humano se refieren, en realidad, a hombre blanco rico heterosexual, y el resto, si quisiéramos aspirar “a ser humanos”, deberíamos masculinizarnos, blanquearnos (incluso el ano), enriquecernos y heterosexualizarnos).

Donna Haraway, 1985

Para Animales feroces me propuse utilizar el aforismo de Mao en su sentido literal. El único Hombre son los ricos. El resto somos animales, vegetales, herramientas inertes, a su servicio. El ganado, los cultivos o los brazos robóticos de las cadenas de montaje comparten posición social con el proletariado, son nuestrxs camaradas. Unos y otros somos fuerza de trabajo, fuente de riqueza, objetos sexuales a disposición del Hombre.

Esta idea me permitía aunar la lucha de clases con las reivindicaciones posthumanistas, contra el excepcionalismo humano, y los movimientos queer.

La fantasía de ese adolescente al que di voz en la novela consistía en gestar una poli-identidad que reconciliara todas esas posiciones en un bando único. A partir de aquí, usar la ferocidad de la mayoría para deshacer los privilegios de una minoría.

A través del grupo de las Tetramorfas, subyace un submundo relacionado con el teriomorfismo, la teriantropía o el otherkin. ¿Qué te motivó a interesarte por estas cuestiones?

En ciertos círculos festivos queer de Barcelona conocí gente que, de una u otra manera, se identificaban con lo otherkin. O sea, que no asumían como propio su cuerpo humano, identificándose anatómicamente con otros animales o seres mitológicos.

A la vez, inauguraron en el barrio del Poble Sec, donde vivo, la Transpecies Society. Me pareció una posición fascinante la de licuar la identidad en tal grado que ya no es solo el género lo que puede fluir en un cuerpo, sino también la especie, la edad y etcétera.

Manuel Puig, 1976

Además, estas prácticas me servían perfectamente para expresar la crítica que pretendía sobre la concepción burguesa de la naturaleza humana.

La narración del protagonista, Arcas, se nutre de sus experiencias en la Ciudad y se transmite en dos formas literarias distintas: por un lado, la epístola, remitida a Simón Pedro, y, por otro, el diálogo entre Arcas y su abuela Lucero. ¿Qué te llevó a escoger estos dos formatos? ¿La carta y el diálogo desde ultratumba son, de alguna manera, tipos de despedidas?

La estructura del libro está muy inspirada en dos obras de Manuel Puig que leí por aquel entonces: Boquitas pintadas y El beso de la mujer araña.

Me pareció la forma más adecuada porque me permitía relatar los hechos siempre según la voz de Arcas. Todo lo que la lectora o lector de la novela conoce sobre sus vivencias lo hace a través de la mirada del muchacho. La realidad es la realidad de sus entrañas.

En este caso, el formato epistolar y el diálogo de ultratumba me resultan más bien maneras de conservar un contacto. Incluso de recuperarlo. De hacerlo más íntimo. De cómo, en ocasiones, desde la distancia se intima más que durante la vivencia cotidiana.

La novela se divide en las tres estaciones del curso escolar (otoño, invierno y primavera). Paulatinamente Arcas se va transformando, pasando del rango de aprendiz a detentor de una nueva verdad sobre el mundo, que conecta directamente con las sucesivas transmigraciones. ¿Has planteado la novela como un misterio eleusino? ¿Hay una necesidad de reconectar con el mundo agrario de Lucero?

Manuela Buriel, escritor

Cierto, los rituales de transmigración que las Tetramorfas realizan en el libro remiten al misterio eleusino griego.

Incluso la droga que utiliza el grupo de adolescentes es la que se cree que usaban los ciudadanos griegos durante aquella visita al más allá. Esto se relaciona con lo que dices de la conexión con el mundo agrario.

En realidad, lo que entendí que necesitaba escribir era, más en general, sobre mis abuelos, sobre esas raíces migrantes, profundamente proletarias, del trabajo en la minería, en el campo, como sirvientas, que heredaron mi padre y madre y después yo, en forma de un capital cultural, una ritualización de la vida y una cosmovisión propios de la clase obrera.

En el libro no se convoca a la tecnología. Al contrario, todo es muy manual y analógico, la narración parece suspenderse en la atemporalidad. ¿Por qué decidiste alejar la tecnología, tan presente en nuestras vidas, y especialmente en la de los adolescentes, de tu relato?

Básicamente por la cuestión de la atemporalidad que apuntas.

Cuando intuí que el libro necesitaba ser escrito según la tradición de la fábula o el realismo mágico, consideré que su localización espacial y temporal debía quedar difusa. También por este motivo evité cualquier tipo de referencia cultural explícita (tan comunes en los trabajos previos con Colectivo juan de madre). Como si la narración nos llegara dictada por una voz rodeada de niebla.

Frente al aquí y ahora impuesto por el realismo capitalista, crear “un entonces y un allí” que sirva de faro, por expresarlo a la manera de José Esteban Muñoz en su libro Utopía Queer.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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