Camilo Pino (Caracas, 1970) –escritor, comunicador social y realizador de adaptaciones literarias para la televisión– acaba de publicar su tercera novela, Crema Paraíso (Alianza Editorial, 2020), donde un padre, el poeta Alfonso Dubuc, y un hijo, Emiliano, recorren los caminos de la memoria histórica de Venezuela, desde dentro y fuera de ella. Conversamos con el autor acerca de su libro, de la diáspora venezolana, de la incertidumbre e inestabilidad política, del problema de la nostalgia y de escritores de su país rescatados por las nuevas generaciones. Pino reside en Miami y ha publicado las novelas Mandrágora (Suburbano, 2016) y Valle Zamuro, (Pre-Textos, 2011).
[Leer un fragmento de Crema Paraíso]
En Crema Paraíso existe un cierto paralelismo entre quien podría asociarse con tu padre, Elías Pino, residente en Caracas, y quien podrías ser tú, en Miami. ¿Te has nutrido de estas miradas, desde dentro y desde fuera de Venezuela, para reconstruir la imagen de tu país?
En materia de nutrición literaria, yo soy un animal omnívoro y si la novela me lo exige, le entro al canibalismo sin el menor escrúpulo.
Un detalle, ni el poeta Dubuc es mi padre ni, con el perdón de Flaubert, Emiliano soy yo. Crema Paraíso tiene mucho de ejercicio de memoria, y en ese sentido se alimenta de mi mirada, pero siempre distorsionada, macerada, o pasada por un espejo de feria. Siempre subordinada a la lógica del relato.
Claro, en la novela hay algo de biografía alternativa, de vida posible, incluso de vida opuesta. Digamos que a veces me tomo a pecho la idea de que uno puede vivir a través de sus personajes y hago cosas con ellos que nunca haría en la vida real.
El título del libro corresponde a un lugar real y simbólico al mismo tiempo, es el sitio en el que padre e hijo logran (re)construir su relación. ¿La patria de nacimiento y juventud siempre está dentro de uno? ¿La melancolía es una de las condiciones intrínseca del migrante?
Se ve de todo, también están los negadores, los inmigrantes que resienten o se avergüenzan de su país y no se juntan con sus compatriotas más nunca. Son muy divertidos.
Pero sí, la mayoría de los inmigrantes seguimos viviendo de alguna manera en nuestro país de origen, especialmente los que venimos de sociedades en crisis. Y con Internet es muy fácil mantenerse en contacto, aunque también es fácil perderse en las distorsiones de los espacios virtuales.
El problema con la nostalgia es que puede ser engañosa. No todo tiempo pasado fue mejor. De hecho, en Crema Paraíso me cuidé mucho de no idealizar el pasado, de presentarlo con sus contradicciones, que eran muchas, y de contrastarlas con las contradicciones del presente.
El recorrido histórico que se lleva a cabo a través del personaje del padre se mueve entre Cuba y Venezuela, entre las ideas socialistas de la revolución y el paso del capitalismo al chavismo. ¿Realmente estamos ante dos países hermanados por “la gran fuerza subyacente en la sociedad cubana: el miedo”?
Cuba y Venezuela son dos países unidos por las razones equivocadas, así es, aunque, desafortunadamente sus poblaciones están separadas por una barrera geográfica.
Lo digo porque si compartiéramos un espacio físico, podríamos relacionarnos directamente y resistir juntos, o acompañarnos en nuestros dramas. Por lo menos estaríamos sacando algo bueno de este desastre.
Lo del miedo no es una exageración. Estás hablando de un sistema policial, de una dictadura que ha perfeccionado el uso del miedo como un mecanismo de control y que no tiene el menor escrúpulo.
La mafia castrista chavista es muy eficaz para mantenerse en el poder, es para lo único que sirve, y si para eso se tiene que llevar por delante a la población entera, pues se la lleva.
Por cierto, el miedo como un mecanismo de control o de manipulación no está restringido a las tiranías. La diferencia es que las tiranías lo usan sistemáticamente, como parte de una política de Estado y que no cuentan con las instituciones para controlar los abusos que existen en algunas de nuestras democracias.
En los últimos meses, las imágenes que nos llegan de Venezuela coinciden con esta afirmación del libro: “En Caracas se vive en un estado de sitio constante, en una situación de preguerra”. ¿Hacia dónde crees que se está dirigiendo el país?
Esa es una pregunta muy dura, porque no puede tener una respuesta buena. Si uno se basa en la realidad y no en el deseo, tiene que admitir que estamos lejos de salir del infierno.
Los venezolanos hemos aprendido que el fondo no existe, que siempre se puede estar peor. Nuestra experiencia ha sido tan fuerte que yo creo que podemos hablar de la maldad sin que se trate de una idea retórica. Habría que ser ingenuo para ver una salida a corto plazo.
Por otra parte, la historia está llena de accidentes que cambian el rumbo de las cosas. Siempre puede pasar algo que uno no ve en el momento. Es muy triste, que nuestra única salida en este momento sea un deus ex machina. Tanto rodar para terminar en una tragedia griega.
A lo largo del libro ofreces diversas reflexiones sobre la poesía y sobre la escritura. Por ejemplo, encontramos: “Nunca estoy conforme con mi trabajo. Con el tiempo he aprendido a apreciar esa inconformidad como una reacción instintiva para asegurar la calidad de mis textos”…
Una de las peores sensaciones que puede tener un escritor es la de leer sus textos impresos.
Bueno, estoy hablando de mí, supongo que a más de uno le encantará hacerlo. Es horrible, uno abre el libro recién llegado y lo primero que hace es buscarle imperfecciones y si se le ocurre abrirlo de noche, no duerme.
Es un síndrome parecido al del enfermo que busca sus síntomas en Internet para convencerse de que tiene una enfermedad mortal.
La insatisfacción es buena, porque te obliga a mejorar tu trabajo, pero es mala si no le pones un parado. Corregir demasiado es un peligro, los textos se pueden edulcorar o desteñir.
En mi caso, el final es una claudicación, es el momento en que acepto la victoria de las imperfecciones y me digo que lo que está en el libro es lo mejor que pude dar. Más que una decisión racional, es una respuesta física,una especie de cansancio.
“Los libros están hechos de libros, pero también de experiencias y de cultura popular”. ¿Qué libros, experiencias y cultura popular conforman Crema Paraíso?
Una de las ventajas de tener a un poeta como protagonista, es que puedes usar muchas referencias con naturalidad. La biblioteca del poeta Dubuc es casi que un personaje de Crema Paraíso. Allí están desde Teresa de Jesús o Auden, hasta Condorito o el Chino Valera Mora.
Emiliano no lee, pero tiene una relación estética muy fuerte y de lo más sofisticada con Candy Crushy con el entretenimiento basura en general.
Y luego está Crema Paraíso, la heladería, que para los venezolanos es un referente muy importante. Existe, por ejemplo, una banda de música buenísima que se llama Los Crema Paraíso.
La novela también tiene, y discúlpenme la pedantería, referencias a la metaliteratura. Una de mis intenciones fue reírme un poco de la metaliteratura y le hago varios guiños al género.
Escribes: “la buena literatura siempre consigue sus lectores.” ¿Qué autores crees que todavía están en la sombra a pesar de sus grandes dotes literarias?
Los lectores sabemos que el gusto personal es errático. Si Henry James se equivocó con Flaubert, a quien consideraba un novelista menor, imagínate los disparates que puedo decir yo.
Como estamos hablando de Crema Paraíso, lo primero que se me ocurre es pensar en escritores venezolanos de la generación de Dubuc que ocuparon posiciones secundarias en su momento y que ahora están siendo descubiertos por nuevas generaciones: el caso de Hanni Ossott, Ida Gramcko o Victoria de Stefano, o el del poeta Rafael José Muñoz, que trabajó en un registro muy original, adelantando a su tiempo.
También pienso en autores cercanos al boom, como Adriano González León o Jorge Ibargüengoitia, que se leen mucho en sus países, pero son poco conocidos afuera.
Ahora bien, la frase que citas que, por cierto, es del poeta Dubuc, peca de optimista, y es, por definición, imposible de comprobar. Tiene que haber toneladas de buena literatura perdida por los caprichos del mercado, por los prejuicios de la sociedad o por cualquier tipo de accidente.
Piensa en los miles de libros de mujeres que se han quedado en cuadernos privados a lo largo de la historia.
Es imposible saber cuánta literatura buena se ha perdido. Lo que sabemos, lo que es indiscutible, es que los libros malos desaparecen con el tiempo y que muchos de los buenos se van imponiendo de a poco, a veces de maneras muy misteriosas;
Mira el caso de John Williams con su Stoner, o el de Machado de Assis, un escritor que parecía condenado a su condición de autor nacional y que este año se está leyendo por primera vez en los Estados Unidos, un siglo después de su muerte.
Quizás, después de todo, si exista la justicia poética, aunque su jurisdicción sea errática y caprichosa.