Tras la novela Dog café (Expediciones Polares, 2017), un retrato existencial de la generación millennial, Rosa Moncayo Cazorla (Palma de Mallorca, 1993), vuelve a la carga con La intimidad (Barrett, 2020), la historia de una pareja autodestructiva de urbanitas que se muda al campo para huir de su entorno y de sus propios fantasmas. Moncayo quedó finalista en el Festival europeo de primera novela de Chambéry 2017 y actualmente reside en Madrid, donde trabaja como analista de datos.
Tu primera novela, Dog café, tuvo una cierta repercusión. ¿Sentiste algún tipo de presión al publicar tu segundo libro, La intimidad?
Ningún tipo de presión. A diferencia de Dog Café, esta novela no busca el sí contundente de un editor, solo soy yo intentando construir algo que tenga sentido y sea bello, quizá por eso fue más difícil darla por acabada.
El cuerpo está muy presente en la novela (lunares crecientes, párpado tembloroso, corazón parado…). ¿El cuerpo es el primer testigo del colapso?
Sí, creo que esta vinculación viene al caso porque hubo un año de mi vida en el que no estuve bien y el primer delator fue mi cuerpo, desde ponerme enferma cada dos por tres hasta una invasión masiva de canas muy tempranas.
En esta novela, la cuestión del cuerpo es importante, hay una presencia tangible del cuerpo frágil.
En un momento la protagonista se refiere a sí misma como una máquina escacharrada. Me han escrito lectores diciendo que justamente ese fragmento les había hecho tocar fondo en la lectura, que era una sensación rara. Supongo que eso es bueno.
A mi parecer, al ser una novela tan intimista, todas estas rarezas –lunares, tics de párpado, corazón parado– le sobrevienen como un punto de no retorno.
La intimidad se adentra en una relación de pareja, en su disfunción, su falta de entendimiento y su constante intento de remodelarse. Escribes: “Toda criatura necesita su drama para existir.”¿Nos obligamos a amar y ser amados?
Puede que nos obliguemos a amar porque el amor es un mito universal que todos deseamos –y parece que debemos– alcanzar.
En la novela escribí que el amor es una nostalgia exquisita. El paso del tiempo se encarga de destruirlo todo. Viviendo esa nostalgia podemos encontrarnos con el dolor –también el miedo– a no volver a sentir lo que nos hizo tan felices. O la alegría, simplemente, de haberlo vivido. Ahí puede empezar un drama importante.
La voz narrativa parece vivir en una especie de adolescencia prolongada que se asocia a su búsqueda interna para justificar su fracaso amoroso…
En la novela parece que la adolescencia es su campo de batalla. Los restos de lo que fue le persiguen hasta su etapa adulta. Aunque personalmente me gusta pensar que los adultos no existen. La adolescencia se puede prolongar cuanto queramos.
Mi protagonista es una hedonista tristísima que necesita una vida intensa para que todo vuelva a tener sentido. Necesita que todo rebose como cuando somos adolescentes, volver a la primera voz. En este sentido la protagonista tiene mucho de mí.
A lo largo de la lectura no se despega la sensación de vivir en un abismo del que no se logra salir a pesar de los cambios de escenario. ¿No sabemos escucharnos?
Es así, pero la falta de tiempo o la incapacidad de escucharnos son la excusa infinita a la que muchos nos aferramos, me incluyo.
En esta novela me he aprovechado de la voz de la protagonista para decir muchas cosas que realmente pienso. La escritura puede ser un buen vehículo de indagación personal. Debe de haber mil maneras.
El año pasado comencé a leer autoayuda y tengo que decir que hay libros muy buenos, libros que me han ayudado y han tenido cierto impacto en mí. Siempre habrá una frase que parezca escrita para ti, de ahí el vicio a seguir leyendo. De otro modo, existen la Biblia o los Upanishads, hay gente que los lee como sustento esencial y es la manera que tienen para entenderse a sí mismos.
En el libro aparece la dicotomía “Ciudad, amigos y fiestas. Campo, soledad y tranquilidad”. Ahora que estamos pasando mucho tiempo en nuestras casas, ¿cuáles serían los atributos que asociarías a la idea de “casa”?
En la novela quería desmitificar el concepto del campo como lugar idóneo para curar tus males de urbanita. Quizá lo que necesitemos, y no nos damos cuenta, es una huida hacia una vida sencilla, no una huida a un entorno campestre. A veces esto se confunde.
Por otro lado, mi casa es el lugar al que voy cuando no quiero estar en otro sitio, esto puede ser bueno y bastante malo a la vez. Aquí tengo a mi pez, mi biblioteca y mi cocina. No está mal.
Estos días estamos relativamente atrapados entre las paredes de nuestras casas, ¿puede afectar este hecho a nuestra intimidad?
Bueno, creo que el confinamiento nos va a afectar mentalmente y, sí, este confinamiento afecta a nuestra intimidad. En mi caso, no suelo quedarme en casa por gusto. Tan solo la prohibición de no poder salir me incapacita para estar bien, así que no puedo decir mucho más.
Lo que está ocurriendo es terrible, el miedo y las cifras son insoportables. No se puede entender de ninguna manera: esto es lo que nos va a afectar sin medida.
Toda la novela se va narrando con una banda sonora de fondo que cambia cada capítulo, aunque predomina el grupo Celer. ¿Por qué este guiño constante a la música? Y, por otro lado, ¿cuál es tu banda sonora en estos días de confinamiento?
Compartir música es una manera de amar, es un gesto íntimo. El guiño viene porque existía la tentación de configurar la banda sonora para el lector de mi novela. Celer en particular tiene una selección impecable y extensa, para mí es una música sobrecogedora.
Respecto a mi banda sonora en estos días de confinamiento es The Cure, el compositor Zbigniew Preisner –responsable de la banda sonora del cine de Kieslowski– y el dj Dax J para hacer ejercicio.