Un final para Benjamin Walter (Candaya, 2017), de Álex Chico, es el punto de partida, y el destino, para hablar, aquí, del coleccionismo, la ausencia, los espacios llenos y vacíos de presencias que se perciben, pero ya no están, las ciudades y el abandono.
Decía Marek Biecznyk, en su libro Melancolía (2014), que el coleccionismo es una actividad habitual entre los saturados por “la bilis negra”. La colección es la variedad de objetos que dibuja el contorno de aquello que se ha perdido. Abocada a lo ausente, o al sentir de lo ausente, coleccionar es la actividad primordial del melancólico: trazar con los restos la huella de lo desaparecido.
Bieczniyk escribe a partir de la lectura del Libro de los pasajes, de Walter Benjamin, donde una amplia sección está dedicada al coleccionismo. El autor de las Tesis sobre la filosofía de la historia era un coleccionista ávido, un melancólico total. Si bien es verdad que los objetos de la colección de Benjamin se perdieron o se dispersaron entre diferentes destinos durante sus numerosos cambios de residencia y el éxodo que lo llevó a la muerte, un modo de registro de esa colección se encuentra, precisamente, en el Libro de los pasajes: un libro es en sí mismo una colección.
Con todo, las colecciones requieren, por lo general, de un espacio, un gabinete, si aludimos al término usado hacia el siglo XVII para aquellos lugares en los que los boticarios europeos y americanos comenzaron a conservar objetos varios venidos de diversas partes del globo. Había una sensación poderosa que llevó a esos hombres a perseverar en la acumulación y clasificación de objetos: la circunnavegación había cerrado por completo el mundo, le dio límites precisos a la fisicalidad humana, a la capacidad de expansión, al colonialismo, incluso.
Los gabinetes de coleccionistas eran un modo de expandir el mundo hacia el interior, hacia el detalle, hacia la entraña.
Ahí, en el misterioso gabinete, el coleccionista, como el Doctor Víctor Frankenstein, da vida a un cuerpo perdido, recompuesto de objetos capturados en distintos orígenes, sin aparente relación entre sí. Esa reconstrucción, ese proceso creativo, solo es posible en el espacio asumido como gabinete, ‘cabina’, ahí donde sucede, o se oculta, lo íntimo, lo misterioso, la creación.
El espacio donde anida la colección es, a mi juicio, una de las principales intuiciones que aborda Álex Chico en su libro Un final para Benjamin Walter. Su gabinete de coleccionista es amplio. Podría ser una ciudad entera, Portbou, allí donde Benjamin encontró el final, donde su cuerpo y su nombre se perdieron durante tanto tiempo en la manera en la que un objeto particular se pierde en el mar de la colección.
Pero ese gabinete podría ser aún mayor: todas las ciudades fronterizas, todas las ciudades abandonadas, todas las ciudades del exilio, y con ello todos los éxodos y todos los exiliados y cada cuerpo atravesado por el desarraigo.
Álex Chico ha construido una colección de impresiones, personajes, historias, espacios, que dibuja la silueta de dos ausencias: la de Benjamin, motivo inicial del periplo, y la de Portbou, destino intermedio, escala apenas, porque todo viaje continúa más allá de sí mismo.
Las colecciones se inician, a veces, por azar. No hay necesariamente un pulso hondo que las promueva. Sin embargo, hay ocasiones en las que el coleccionismo es un imperativo vital, por lo que nos arrojamos a la acumulación, la selección, el ordenamiento, la historia de cada pieza, como si en aquella actividad fuera posible encontrar lo que todavía no sabemos que ya hemos perdido.
Luego, en un punto, ya sea por un objeto, o por la historia adherida a él, la colección cambia de rumbo. Nosotros cambiamos de rumbo.
Así pasa con el libro de Álex Chico: lo que en un inicio era la búsqueda de la silueta de Walter Benjamin se convirtió en la enorme silueta de un pueblo casi abandonado.
La colección, como los libros, tiene la vocación de describir lo ya ausente, lo que está desapareciendo. Benjamin: el desaparecido, el exiliado cuyo paso por la ciudad fronteriza de Portbou queda interrumpido por la burocracia del fascismo y la muerte elegida. Portbou: una ciudad en el borde del fin del mundo, atravesada por la incuria, por el paso de los migrantes, por el aluvión de un tiempo que tras de sí solo deja restos.
«La piel de un territorio es tan fina, tan permeable, que cualquier cosa que suceda lo cambia para siempre», escribe Álex Chico. Tal vez la muerte de Benjamin hizo posible la existencia, o la desaparición, del actual Portbou. Tal vez la existencia o la desaparición de alguien, de algún lugar determinado, precipita la posibilidad de nuestra existencia o desaparición.
Entonces viene a la memoria el sonido de aquellos versos de John Donne: «Nadie es una isla en sí mismo», y el recuerdo de Hemingway durante la Guerra Civil, y Orwell en el techo del Liceu de Barcelona, como dicen algunos mitos, y Siqueiros, el muralista, quien fue Teniente Coronel en el bando Republicano y que en 1940, ya de regreso en México, intentó asesinar a Trotsky en aquella casa de Coyoacán, antes de tener que huir a Chile, a Chillán, donde anclan los orígenes de Gonzalo Rojas.
Y entonces Portbou, otra vez, y Benjamin, y todo lo que nos recuerda a esa década del siglo pasado o a cualquier década y cualquier siglo en que la vida es siempre un proceso migratorio, un irse todavía.
La colección no existe porque los objetos estén ahí, agazapados. La colección es necesaria cuando algo más, que estuvo aquí, un cuerpo, una idea incluso, ya no está, y la existencia, el orden de los artículos de la colección, dibuja el contorno de lo ausente.
Así es el libro de Álex Chico. Porque todo buen escritor se revela en su palabra. Un final para Benjamin Walter es un libro sobre la melancolía de los lugares desaparecidos, sobre los desplazamientos, sobre lo que significa perder lugares, aunque sea viajando, como le pasa a Sílvia Monferrer, el personaje que aparece hacia las últimas páginas del libro, porque «todos los lugares arrastran su propia culpa», como todos los libros, como todas las palabras.
Creo que aquí hay una intuición que me resulta fundamental: escribir incansablemente, sin remedio, sin cura, sin esperanza pero llenos de espera por la esperanza. Y luego dejarlo todo inacabado, abandonado. No puede ser de otra forma si hay honestidad en el proceso. Para que después venga alguien, quien sea, y descubra no lo escrito, sino lo abandonado; no la palabra de Benjamin o de Álex Chico, sino lo abandonado que hay en ella. Lo abandonado que sobrevive incluso a nuestro testimonio: París, Portbou, la cordura, la vida o la muerte o el tiempo.
Ahí, en el abandono, son necesarias las palabras.
No solo se trata de cuestionar nuestra relación con los espacios, sino también de poner en duda nuestro lugar en el mundo, la inercia de los cuerpos. Los objetos de la colección no son trofeos, son restos, despojos, el sobrante, lo que queda de lo que ya no está.
Es ciertamente bella la frase de Bernard Nöel que cita el autor hacia las últimas páginas del libro, y que dice que la escritura no consiste más que en abrazar un cuerpo que no se ve. Creo que la escritura, y en este libro de Álex Chico se demuestra, consiste en el intento de construir el cuerpo perdido que ya no podemos abrazar.
En este libro no solo atestiguamos la desaparición de Benjamin, o la de Portbou, su ocupación de los feudos melancólicos, también vemos la reconstrucción que el propio Álex Chico hace de ese cuerpo en descomposición: es de él mismo de quien habla, en lo hondo, porque tal vez encontró el inicio de otra escritura que lo lleva al escrutinio de su propia colección, de sus propias ausencias.