Serie 21 Dedos
José Ángel Mañas │ Antonio D. Leyva
Editorial Planeta, Barcelona, 2012
121 págs. | 4,50 euros/episodio
La saga escrita a cuatro manos por Mañas y Leyva incluye seis episodios rocambolescos y representa, de antemano, un producto sui generis en el ámbito editorial peninsular: las andanzas de un antihéroe español, mezcla de Torrente, James Bond y el siempre sorprendente Lázaro de Tormes, mientras que en el plano textual significa una revisitación en clave posmoderna de la literatura de quiosco y el folletín.
El contexto histórico de estos seis episodios corresponde a los años posteriores a 1992 en una España azotada por la corrupción política y la irrupción de mafias de distinto calibre, mientras que “una juventud abducida por la electrónica” se abandonaba a “un infierno hedonista de tapones blancos”. La serie constituye una forma cáustica de desmitificar el spanish dream, la imagen proyectada por el estado peninsular tras su incorporación al club de países del primer mundo, pese a que aún no se había deshecho completamente de su impronta franquista e inquisidora.
Tras los felices ochenta comenzó una década oscura. Los íberos vivieron enfebrecidos el clímax histórico-festivo de la Expo Universal y las Olimpiadas Catalanas. Entraban en los noventas cargados de medallas, cocaína, convicciones democráticas y dinamismo empresarial. Por fin podían olvidar sus raíces africanas; por fin eran EUROPEOS.
Con el fin de recrear esos años convulsos los autores echan mano de distintas corrientes narrativas y las integran en una colección de libros de bolsillo: el realismo sucio, la neopicaresca, el género epistolar, la novela magnetofón, el diario personal y, claro está, los relatos de aventuras del protagonista, el hombre de los veintiún dedos. Un enigmático joven, pícaro y sin escrúpulos que interpreta diferentes roles: gigoló, secuestrador, extorsionador, timador, paciente de un hospital y escritor novel, entre otros.
Estas “novelitas pulp” siguen, en cierto modo, la estela marcada por la estética de las películas de Tarantino, caracterizada por una estrategia narrativa no-lineal con diálogos incrustados en medio de un clima de violencia, disparos, heridas de arma blanca y sangre; situaciones extremas que son atenuadas normalmente mediante diversos matices de humor. Los distintos episodios de 21 dedos se alimentan asimismo de la serie B, los tebeos ibéricos, franceses y estadounidenses de los años setenta y ochenta del siglo XX.
El antihéroe creado por el tándem Mañas-Leyva aparece inesperadamente en circunstancias insólitas a lo largo de las sucesivas entregas. Por ejemplo: en un viaje en el yate de un torero en decadencia (Episodio 1: El honor de los Campeador) y en una conspiración organizada por un grupo terrorista de ultranacionalistas españoles (Episodio 2: El factor hispano). Ambas historias se nutren en este caso de los tópicos de la hispanidad (toros, monárquicos y católicos de extrema derecha, entre otros). El aventurero y camaleónico 21 Dedos también se da a conocer como huésped durante las vacaciones, en La costa da Morte, de un político madrileño muy influyente (Episodio 3: Gothic Galicia). A nuestro modo de ver, el episodio más destacado por describir con realismo el modo de vida rural, el habla popular, la atmósfera fantasmagórica y las tradiciones ancestrales celtas.
Asimismo, el personaje pasa una estancia en un hospital privado donde tres galenos cometen negligencias médicas con muertes y realizan experimentos al margen de la ley (Episodio 4: Al servicio de su Majestad). A continuación, 21 Dedos recala en un tren que transporta a novelistas famosos desde París hasta Asturias y donde se produce una inesperada cadena de asesinatos (Episodio 5: Muerte de un escritor). En el sexto y último episodio (El ser venido del espacio), 21 Dedos se cuela en el rodaje de una película de ciencia ficción y es partícipe de enredos relacionados con clanes mafiosos dedicado al séptimo arte.
Este antihéroe carece de valores, es misógino y actúa por iniciativa propia, elementos que lo emparentan con el célebre José Luis Torrente –protagonista de la saga más taquillera de la historia del cine hispánico–. Él y 21 Dedos siempre salen con vida de situaciones extremas. Asimismo, ambos son personajes construidos a través de imágenes esperpénticas, al igual que la gente de su entorno.
Tanto J.L Torrente como Veintiún representan formas distorsionadas de la figura de James Bond, el clásico héroe y agente secreto al servicio del imperialismo inglés. Guapo, siempre seductor, rodeado de reinas de belleza y cliente exclusivo de hoteles de lujo. Está claro que tanto Torrente como 21 Dedos están en las antípodas del agente británico. La figura de Bond jamás se asemejará a un hooligan londinense ni a un flemático traficante de esclavos africanos ni a un pirata anglicano en busca de atracar galeones españoles en el Caribe para obtener el título de caballero británico.
A diferencia de las predecibles hazañas de Bond, la Serie 21 Dedos está más cerca del Lazarillo de Tormes por su estructura itinerante, desenfada y autobiográfica, donde directamente se muestran los vicios nacionales y actitudes hipócritas, sobre todo de la clase política en el gobierno. En la saga de Mañas y Leyva el honor es un concepto que siempre engendra falsedad y destrucción. Por eso el protagonista lanza a la papelera el sentido del decoro y se involucra en misiones peligrosas con el fin de obtener dinero para cumplir su sueño: ir a Brasil a bailar samba con las mulatas del carnaval de Río.
Mañas y Leyva han apostado por el folletín: historias de aventuras por entregas que pretenden transmitir la cultura popular de España de finales del siglo XX desde una visión esperpéntica y cómica que está dirigida al público en general, ansioso de lecturas de entretenimiento en tiempos de crisis.
Mario Varga Llosa1 dice sobre el lenguaje de este género que es puramente instrumental, básicamente, un medio y no un fin. “Quizá por eso el folletín pasa con muchísima más facilidad que la literatura artística o la literatura de creación, al cine”. No cabe duda que 21 Dedos ha hecho todos los méritos para recalar en la gran pantalla. Y, si eso sucede, ¿se incorporará al Olimpo de los antihéroes españoles? Como decía Bob Dylan: la respuesta está en el viento.