Diego Trelles Paz (Lima, 1977), reciente ganador del Premio Francisco Casavella 2012 con su sorprendente novela Bioy (Ediciones Destino), es un hombre orquesta: escritor, guionista, músico, promotor de antologías (El futuro no es nuestro, 2008) y profesor universitario. Además de autor de títulos como El círculo de los escritores asesinos (2005) y Hudson el redentor (2001). Trelles accedió a una entrevista con Pliego Suelto donde nos habla de literatura y estética, del terrorismo de estado, la memoria histórica y su lectura de la actualidad política del Perú
¿Cómo surgió la idea de escribir Bioy [leer reseña en PS]?
Una imagen que, gracias a sus contradicciones, sentía que resumía el estado de las cosas en el Perú a mediados de la década del 80: la tortura y la violación conjunta de una presunta terrorista en manos de cuatro militares en pleno Mundial de Fútbol de México 86. El horror de la tortura clandestina y la algarabía del fútbol: esa contraposición me parecía clave para reflejar la normalización de la violencia en el país. Por otro lado, el personaje de Bioy nació del cine y, en específico, de una película de Abel Ferrara que se llama Bad Lieutenant en la cual Harvey Keitel interpreta el personaje de un policía malo (drogadicto, ludópata, traficante, asesino) que se autodestruye y, al mismo tiempo, busca una redención mística.
El apellido Bioy en occitano significa “uno contra dos”, “bonito” o “dos robles” ¿La elección del nombre del protagonista tiene relación con estos factores semánticos o está inspirada en el escritor Adolfo Bioy Casares?
Bioy es un guiño a Adolfo Bioy Casares y, desde luego, a Jorge Luis Borges. Aunque, como ellos, no soy un escritor de género ni he escrito una novela policial, me interesa mucho la manera como ambos lo abordaron y parodiaron en sus cuentos y novelas usando el seudónimo de H. Bustos Domecq. Por otro lado, Bioy es un nombre atípico en el Perú, un nombre que tenía una resonancia que me gustaba por su dureza, muy acorde al espíritu de la novela.
Detrás de Bioy hay un trabajo minucioso de documentación, entrevistas y análisis de datos reales, ¿durante el proceso de creación y publicación de la obra has tenido algún problema a consecuencia de tocar un tema espinoso?
No. Creo que la idea de volver sobre lo ocurrido en el país, en trabajar continuamente con la memoria colectiva para que eso no se vuelva a repetir, es algo hacia lo que muchísima gente tiene una reacción favorable.
¿Qué métodos has empleado para reproducir fielmente la forma de pensar, actuar y hablar de militares violadores de los derechos humanos, terroristas, secuestradores, sicarios y psicópatas que pululan por Lima?
Además del trabajo de campo, la investigación de hemeroteca y la lectura, los clásicos métodos del periodismo aunque yo nunca uso una grabadora. Como escritor intento tener un buen oído para las voces.
¿La irrupción de textos de blogs de hackers y autores anónimos en la novela significa también un ajuste de cuentas literario o es parte de la estrategia narrativa para dotar de pistas al lector?
No hay ajuste de cuentas. El tema de la literatura como un campo de batalla, como un asunto de vida pero, sobre todo, de muerte, ya lo he tocado antes en El círculo de los escritores asesinos y lo sigo tocando en los cuentos de mi nuevo libro de relatos. Mi literatura intenta explorar ese campo que une al arte con la maldad y el crimen. Es un tema fascinante.
¿El abundante material existente de novelas y películas sobre la guerra civil española te ha servido de referente en algún momento, ya que estas obras apelan siempre a la memoria histórica?
Sí. Doy cursos de cine en la universidad y reviso constantemente ese material. De España, La lengua de las mariposas o El espíritu de la colmena. También El laberinto del fauno aunque yo considero que esa película es mexicana. Me gusta mucho el trabajo de Ana María Matute, sus cuentos sobre la infancia y la España de la posguerra son preciosos. Una novela que leí más de una vez fue Soldados de Salamina de Javier Cercas. Por el lado latinoamericano, que es más influyente en mi trabajo, novelas como Respiración artificial de Piglia y Estrella distante de Bolaño, o películas sobre todo argentinas como Garage Olimpo o Los rubios.
¿Qué significado tiene para ti ganar el Premio de Novela Francisco Casavella 2012?
Lo recibí con sorpresa, muy contento porque eso significaba que mi novela sería publicada. Después de cinco años de trabajo, y ante la incertidumbre de un escritor como yo, cuyo ritmo de publicación es más bien lento, la noticia fue una alegría coronada con el premio, pero, sobre todo, con el hecho de que éste le abrió la oportunidad inédita de que saliera en España y en Perú de manera simultánea. Parece algo cotidiano pero no es así: el mundo editorial tiene sus reglas propias y el escritor se adapta de la mejor forma a ellas. Desde luego, soy consciente de que el Casavella me procura esa visibilidad mediática que me acerca a más lectores y eso me estimula porque yo sí escribo para ser leído: la literatura es, para mí, un arte de dos, un proceso creativo, horizontal, en el cual autor y lector deben ser activos. En cuanto a mi proyecto narrativo, nada cambia: es algo que vengo trabajando con paciencia y una dedicación casi enfermiza desde que publiqué mi primer libro.
Escribir sobre la violencia política en Perú ¿representa para ti un acto de exorcizar los demonios nacionales, una necesidad ética, un psicoanálisis colectivo o una forma de denuncia social?
Ninguna. Bioy no se reduce a la violencia política de mi país. Es una novela con cierta complejidad formal y temática donde el tema de la violencia se presenta de muchas formas. Nunca escribo pensando en lo que debo comunicar o en el efecto que pueda tener sobre los lectores. Más que una “necesidad ética” diría que mis novelas nacen de una necesidad estética.
¿Qué opinas de la literatura surgida después del conflicto interno que atravesó el Perú entre 1980 y 2000, también conocida como post CVR (Comisión de la Verdad y Reconciliación)? Respecto a este término, ¿crees que se trata de una definición acertada o de una etiqueta simplista?
Hay escritores que han escrito libros estupendos sobre la época de la violencia política. Entre los que recuerdo con entusiasmo están Daniel Alarcón, Óscar Colchado, Miguel Gutiérrez o Luis Fernando Cueto. En este tipo de preguntas la memoria siempre se vuelve perversa. Las etiquetas, por lo general, tienden a ser simplistas. Privilegian la pegada de los nombres en los lectores con una lógica más bien publicitaria. Sin embargo, me parece que son útiles, sobre todo en el trabajo académico. Por otro lado, me agrada que se destaque el Informe de la Comisión de la Verdad que tanto maltrato ha recibido y, sigue recibiendo, por parte de los militares, el remanente subversivo y el Fujimorismo.
En tu opinión, ¿a qué atribuyes que novelas peruanas post CVR como La Hora Azul (Cueto), Abril rojo (Roncagliolo) y Un lugar llamado Oreja de Perro (Thays) hayan ganado importantes galardones internacionales como el Premio Herralde 2005, el Alfaguara 2006 y el Herralde 2008 (Finalista), respectivamente?
La pregunta viene con trampa y no puedo responderla por la sencilla razón de que nunca he sido jurado en un certamen internacional. No es la primera vez que el comentario malicioso sobre el uso de ciertos temas sensibles para ganar premios españoles llega a mis oídos. De hecho, creo que últimamente es la pregunta más recurrente. Si lo que quieres saber es si yo escribí Bioy pensando en ganar un premio, la respuesta es no: esta novela la trabajé por cinco años y me parecía tan dura que pensaba que incluso sería imposible publicarla. El premio fue una agradable sorpresa pero lo más importante fue tener la certeza de que se publicaría. No escribiría nada que no me salga de los cojones (si me permites el españolismo) y del corazón. Por otro lado, creo que es la forma y no el tema lo relevante a la hora de evaluar cualquier obra.
¿Qué tiene de diferente Bioy, en relación a las novelas mencionadas en la pregunta anterior y a otras de temática similar como Rosa Cuchillo (Colchado) o Generación coche-bomba (Roldán)?
Hace unos días uno de los críticos más importantes del Perú dijo que Bioy era acaso “la novela más cruenta vinculada a la guerra interna que vivió el Perú a fines del siglo XX”. Desde el inicio fue para mí claro que retratar esta época tan dolorosa, donde la violencia se había normalizado hasta el punto en que la gente tuvo que acostumbrarse a convivir con el horror cotidiano de las masacres, los asesinatos selectivos y los coches bomba, para describir, te decía, toda esa incertidumbre lóbrega en la que estábamos sumidos, yo tenía que violentarlo todo (lenguaje, estructura, tiempo, espacio) sin ninguna condescendencia. En ese sentido, Bioy sigue un largo recorrido por la historia de la violencia en el Perú que llega hasta el día de hoy.
En la obra existen tres componentes claves de la cosmovisión andina expresados por JM Arguedas: wakcha (huérfano), pachakuti (mundo al revés) y tinku (encuentro conflictivo de dos partes que engendra la totalidad), ¿con qué dificultades te has encontrado a la hora de crear este libro-rompecabezas?
Creo que algunos de los autores que he nombrado antes, como por ejemplo los estupendos relatos y las novelas de Óscar Colchado y también los de Julián Pérez, trabajan mucho más que yo ese acercamiento al mundo andino y a la literatura de José María Arguedas. A mí me interesa Arguedas muchísimo pero no es una influencia discernible en mis obras. Todos los elementos nombrados (la orfandad, el mundo al revés y el conflicto de las dos partes) están, sin embargo, de una u otra forma, presentes en mi novela. Creo que las distintas lecturas críticas sobre la novela podrían aportar y descubrir elementos que, muchas veces, al autor se le escapan. Ahí radica la riqueza del arte de la crítica literaria.
¿Consideras que hay alguna influencia de Fernando Pessoa en la construcción de personajes como Elsa, Myrna, Marcos y el Macarra, caracterizados por encarnar figuras camaleónicas, heterónimas y por su constante desboblamiento?
No de Pessoa. De Borges, Rulfo, Cortázar, Monterroso, Piglia y Bolaño.
¿Crees que la figura de Marcos de alguna forma le resta protagonismo a Bioy Cáceres?
No creo que haya un solo protagonista en la novela. A mí, de hecho, me parece una novela casi coral donde me cuidé mucho de los maniqueísmos del bueno y el malo. Marcos es un personaje muy complejo cuya vida interior es una suma de insidias. A él, tanto como a Bioy, el Macarra, María de Jesús o Cristal, a todos los personajes de esa novela me llama pensarlos como víctimas de una situación degradada, de un país que está en el limbo y no deja de hundirse.
Hay películas peruanas que también hablan de la violencia política: La boca del Lobo (Lombardi), Días de Santiago (Méndez), Paloma de papel (Aguilar). ¿Crees que la utilización de técnicas del lenguaje cinematográfico en Bioy facilitaría su adaptación a la gran pantalla?
Sospecho lo contrario. Más que ayudar podría entorpecerla. En la adaptación lo más importante es la manera como el director apropia una historia ajena y la incorpora a su propio mundo narrativo. No necesita de estos elementos. Un director hábil, uno que tenga la sensibilidad y el riesgo del autor, podría hacer una película decente de Bioy. Sin embargo, considero que la única de mis obras realmente adaptable al cine es Hudson el redentor. Alguna vez haré una película basada en ella y, luego, ya no haré más cine.
El librepensador González Prada (1848-1918) decía: “El Perú es un organismo enfermo, donde se pone el dedo salta la pus.” ¿La historia que has escrito representa la vigencia de dicha frase en un país azotado hoy por la corrupción, la inseguridad, el narcotráfico y la impunidad, a pesar del imparable crecimiento económico?
González Prada es recordado por sus frases ingeniosas más que por su poesía modernista. A mí me cae bien desde el colegio, cuando nos hacían memorizar ese popular dicho político que decía “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”. El Perú de ahora sigue enfermo y, poco a poco, la tendencia es ir perdiendo batallas que se tenían por ganadas. La democracia es débil y está siendo amenazada casi diariamente por un partido político de la oposición que, coludido con un poderoso sector del periodismo que se ha orientado al lobby y con personajes nefastos vinculados a la iglesia y al empresariado más caníbal, actúan como la camorra italiana. La verdad es que, ahora más que nunca, con todo y este crecimiento económico, se ha multiplicado el fanatismo religioso, la intolerancia, el racismo, el chauvinismo, la xenofobia, la desigualdad social que nuestro presidente prometió combatir de llegar al poder. Y, claro, también la delincuencia: si la plata no llega a todos, si los maestros, los doctores y los policías reciben un sueldo realmente miserable, ¿qué esperan? Humala no es político. No tiene idea de cómo gobernar el país.
Hace tres meses, EEUU confirmó que Perú es el primer productor mundial de cocaína (elemento omnipresente en la novela), ¿qué reflexiones haces frente a esa información?
Es una situación muy peligrosa y un problema muy serio. Uno de los mayores temores es la mexicanización del narcotráfico y que todo se vuelva insostenible. ¿Qué han hecho al respecto? Por presiones del Fujimorismo, acusado de favorecer a los cocaleros, sacan del cargo a Ricardo Soberón, que estaba haciendo una labor muy interesante luchando desde adentro contra el narcotráfico, los insumos químicos y los puestos aduaneros por donde sale la droga, ¿y a quién ponen? ¡A una psicóloga que trabaja en un centro de prevención de drogas! El resultado ya lo tenemos a la vista y es noticia en todos lados: Perú es el primer productor mundial de Cocaína. El gobierno de Ollanta Humala parece adicto a esas decisiones descabelladas que terminan pareciendo chistes crueles.