No hay hecho para el cual no exista por lo menos un punto de vista que lo redima del sueño de la banalidad. Debajo de cada piedra, y aun debajo de la sombra de cada piedra, hay un abismo apetecible en cuyo borde esperan sentadas, como impacientes paracaidistas, las preguntas de la auténtica filosofía primera, que es el asombro infantil. ¿Por qué no llueve hacia arriba? ¿De qué está llena la luna llena? ¿Dónde estaré yo cuando deje de ser un niño?
La historia de la filosofía y la literatura consta de dos líneas paralelas formadas por infinitos puntos de vista inéditos. En esa historia, que es también la historia de dos hermanas gemelas que fueron separadas al nacer, una línea es Rimbaud, quien concibió la poesía como “un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos”. Y la otra, Bergson, para el que la filosofía era “la resolución, tomada de una vez por todas, de mirar ingenuamente en sí y en torno a sí”.
No se trata solo de adoptar una mirada contemplativa (cuya forma será poética o filosófica, en función de la hermana de la que nos hayamos enamorado), sino también vivificadora. Una mirada para la cual no hay hechos sin trascendencia, sino personas intrascendentes. Una mirada capaz de transformar cualquier gesto en acto de presencia o, mejor aún, en acción de estar presente, cumpliendo de este modo el proyecto de vida filosófico que perseguía Plotino, quien, según Porfirio, se esforzaba casi todo el tiempo en “estar presente para sí mismo y para los demás” (Vida de Plotino).
Existe, pues, la posibilidad de vivir una vida de acción, y de acción intensa, en el mero hecho de ser. Ciertamente, no hacen falta sucesos extraordinarios para asombrarse, cuando toda existencia se nos aparece como la más excepcional de las excepciones, a condición de que sepamos mirarla sobre el trasfondo de la infinitud de los espacios y de los tiempos que entusiasmaban a Lucrecio y aterraban a Pascal.
Y no se trata tanto de la infinita lotería cósmica que ganamos al nacer, pues nos parecemos al dragón que duerme sobre ese tesoro sin disfrutarlo, como de la suerte alucinante que tenemos de no perecer a cada instante, pues no hay mejor filtro de amor que el miedo a perder lo que se tiene.
Debemos, pues, aprender a asombrarnos, no solo de un modo ingenuo y festivo, sino también maduro y trágico. Asombrarnos, en fin, en el sentido etimológico del término, que remite al miedo que sienten los caballos por algunas sombras, y en algunos casos célebres, como el de Bucéfalo, por la suya propia. Afortunadamente, todo lo que existe está rodeado por el mar de la nada, sobre cuyas negras olas se reflejan auroras de una belleza trágica.
Si cada vez que suena el teléfono me obligase a pensar que puede ser el director del colegio al que van mis hijos para informarme de que uno de ellos se mató jugando en el patio, tendría ganas de besar a la inexorable teleoperadora, que me ofrece un nuevo contrato eléctrico, porque a la luz de la muerte, todo cobra vida, o, como decían los disidentes cubanos durante el período especial: “Lo bueno de la cosa, es lo mala que está la cosa”.
Así, a diferencia de los escaladores, debemos obligarnos a mirar hacia abajo, porque la otra cara del vértigo es el amor por la cuerda que nos sostiene. Quizás tengan razón los que dicen que el ser humano se diferencia del animal en que es consciente de que va a morir, pero a mí me parece que los animales, y aun las cosas, se aferran con pasión al hilo del que penden, mientras que los hombres, olvidadizos de su mortalidad, nos dejamos resbalar con indolencia hasta el final de la soga.
Etienne de La Boétie, amigo extremo de Montaigne, lamentaba en De la servidumbre voluntaria (1576), que los hombres perdiesen tan fácilmente el instinto de la libertad y, en una página memorable, llegó a afirmar que “de no estar tan sordos los hombres, oirían que los animales por todas partes les gritan ‘Viva la libertad’”. Los hombres también pierden con idéntica facilidad la conciencia de ser mortales, y si no estuviesen tan sordos, también oirían que el coro de los animales y de las cosas canta sin cesar el primer verso del himno de Polonia: ‘Todavía no hemos perecido’.
En todas las cosas late una voluntad que lucha por no rendirse, tal y como ilustra Julio Cortázar en “Aplastamiento de las gotas”, donde se narra la heroica vida de acción de una gota de lluvia, que, “prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga”.
Y es que el vibrante esfuerzo de las más pequeñas cosas por mantenerse a flote merece una epopeya. El hormiguero del parque es la ciudad de Troya defendiendo sus murallas de otras hormigas bajo la sombra arbitraria de unos dioses niños. Esa bolsa de plástico que vuela entre los coches es Ulises a la merced del viento. Y aquella nube, la flota de Jasón luchando por no dispersarse en el océano del aire.
No se trata de una mera supervivencia física, sino también ontológica, consistente en esforzarse por permanecer en el propio ser, entendido como el estado en el que se da un máximo cumplimiento de las propias posibilidades. De ahí que Píndaro animase a su alma luchar por “agotar la extensión de lo posible” (Pítica III) y exhortase a un atleta ateniense a “llegar ser quien eres” (Pítica II), verso que Nietzsche adoptó como subtítulo de su Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es (1888).
Sin caer en un mero antropomorfismo, podemos ver no solo en las personas, sino también en los animales y en los objetos, un esfuerzo inmenso por llegar a ser quienes son, cumpliendo al máximo todas las posibilidades de su ser.
Es lo que Spinoza llamó “conatus”, y consideró fuente de toda alegría, porque la alegría, según él, es el sentimiento que surge de la sensación de poder, y no hay poder más inmenso que el de resistir a las múltiples máscaras de la nada, ya sean físicas, como el tiempo, la tormenta o la enfermedad, ya sean existenciales, como la tristeza, el miedo o la renuncia.
Esta intuición es la que llevó a Walt Whitman (quien recibió el testigo spinoziano de las manos de Emerson) a impregnar todos sus escritos de una amable alegría cósmica. Por eso el cosmicismo no debería ser rebajado, como suele hacerse, a una especie de reportaje fotográfico de los paisajes más sobrevolables del planeta. Un terrón de azúcar luchando por no disolverse en el café es tan grandioso como una galaxia flotando en el espacio, porque lo grandioso, y lo alegre, consiste en prevalecer.
Ciertamente, en el caso de los seres humanos, ese conatus (ya sea resistencia o empeño) no es muy diferente. Valga como ejemplo el caso de esa gota humana que fue Ulises, cuya proeza no fue tanto sobrevivir al hambre de Polifemo y a la cólera de Poseidón, sino, antes bien, al canto de las sirenas, a la costumbre del loto o al hechizo de Circe, que conspiraban por hacerle olvidar su ser, caracterizado por sus “sémata”, o señas de identidad, que eran, según Homero, su mujer, su hijo y su patria.
Aunque este modo de definir el ser de Ulises puede parecernos obsoleto, podríamos decir que Homero no fue lo suficientemente arcaico, a condición de que entendamos dicho término en su sentido etimológico, que al arkhé, esto es, a lo primario o fundamental. Y es que el ser al que los hombres deben permanecer fieles es previo a toda convención familiar o social, pues coincide con la existencia que todo niño se prometió en la infancia.
No se trata, claro está, de que todos debamos ser bomberos, aventureros o astronautas, sino de que no dejemos de vivir de acuerdo con los valores que los niños asocian a este tipo de destinos: la valentía, el altruismo, la fidelidad, la creatividad y la resistencia.
Una vez escuché a una niña preguntarle a una mujer si no tenía hijos. Al responderle esta que no, ella le volvió a preguntar: “¿Ni de mentira?” En verdad, todos tenemos por lo menos un hijo de verdad, al que debemos cuidar, y es el niño que fuimos antes de olvidar en qué consistía llegar a ser quien se es. Se trata de una intuición muy general, desde Baudelaire o Rilke, quienes afirmaron que la infancia es la patria del hombre, hasta el proverbio árabe que exhorta a que intentar “que el niño que fuimos nunca se avergüence del adulto que somos”, pasando por Saint Exupéry, Cortázar, o Bruno Schulz, que llegó a hablar, en este sentido, de “maduración hacia la infancia”.
Pero lo que de verdad importa es que, aunque todos nosotros, como Ulises, olvidamos a menudo esa patria infantil, siempre podemos, como Ulises, recordarla y reemprender el camino.
Por eso, todo ser humano, por muy triste y derrotado que esté, encierra la promesa de una liberación. La encierra, primero, porque la ha olvidado, pero también la encierra porque puede no haberla olvidado, sino que, como Ulises polimetis, “el de las mil tretas”, espera el momento propicio para salir de la cueva de Polifemo atado al vientre de una carnero.
Por eso, todas las vidas son homéricas y todo hombre puede acabar llegando a ser el que ya es.