Hans Christian Andersen y Edmundo de Amicis: dos viajeros antagónicos en la España del XIX

Hans Christian Andersen (1805-1875)

 
El turismo, tal y como lo conocemos hoy, fue un invento inglés. Entre la aristocracia y la alta burguesía decimonónica se impuso la costumbre de tomar baños de mar para curar las enfermedades de la piel. Con esta excusa y por otros motivos menos decorosos, el por entonces príncipe de Gales y futuro rey, Jorge IV, mandó construir en la ciudad costera de Brighton el famoso Royal Pavilion, un delirio gótico-indio con decoración orientalista que tiene por honor ser una de las primeras construcciones de la historia que utilizó vigas de acero.

Nacía así el turismo de sol y playa y la costumbre de poblar las costas de edificaciones estrafalarias.

Planning the Grand Tour, Brack

Sin embargo, el turismo cultural ya había nacido años antes, y también había tenido su origen en la pérfida Albión. En la segunda mitad del siglo XVII se puso de moda entre las clases adineradas británicas le grand tour, es decir, la visita a los lugares más representativos del continente, sobre todo aquellos relacionados con la antigüedad, más concretamente, Roma y el resto de la península itálica (no olvidemos que estamos en pleno auge del neoclasicismo).

Y claro, todo buen turista lo primero que necesita es una guía de viajes. Así surgió todo un género literario: los libros de viajes, las protoguías de nuestros tatarabuelos.

Por aquel entonces, España era para los europeos algo tan desconocido y exótico como puede ser hoy para nosotros Namibia o Surinam. Sin embargo, tras las guerras napoleónicas (1803-1815), el interés por nuestro país comenzó a crecer, impulsado por las historias románticas de bandoleros valerosos y heroínas sacrificadas.

Por este motivo, y una vez que Italia ya había quedado pequeña para los turistas, los primeros indómitos viajeros cruzaron los Pirineos en busca de nuevas emociones.

Voyage en Espagne, 1843

Algunos de los libros de viaje escritos por aquellos visitantes establecieron el arquetipo de una España decimonónica de bandoleros, toros y gitanos, como los escritos por el poeta y novelista francés Teófilo Gautier o el diplomático e hispanista norteamericano Washington Irving.

Otros, con menor repercusión, nos ofrecen, cuando menos, un vívido fresco de experiencias de nuestro país.

Entre todos estos últimos, me gustaría rescatar ahora dos ejemplos, opuestos entre sí, tanto por la personalidad de sus autores, como por la visión que nos trasmiten de la península ibérica: los de Hans Christian Andersen (1805-1875) y Edmundo de Amicis (1846-1908). Los viajes que relatan los libros de ambos autores, por otro lado, coinciden en que se realizaron prácticamente en las mismas fechas, entre los años 60 y principios de los 70 del siglo XIX.

Hans Christian Andersen no necesita apenas presentación. Figura destacada de las letras danesas, no solo escribió cuentos tan populares como «El traje nuevo del emperador», «La sirenita» o «El patito feo», sino que también cultivó la novela, el teatro y la poesía.

Andersen fue, asimismo, un incansable viajero. Visitó Alemania, Francia, Italia, Grecia, Malta, Constantinopla e Inglaterra, donde llegó a conocer a Charles Dickens. Sin embargo, uno de sus mayores anhelos fue siempre viajar a España.

Viaje por España, 1862

Cuando Andersen era un niño, en 1808, durante la ocupación francesa de Dinamarca, el escritor conoció a un soldado español que formaba parte de los ejércitos napoleónicos. Las atenciones y carantoñas que aquel militar le dedicó al niño, así como la medalla de plata que colgaba de su cuello, le dejaron marcado de por vida. Desde entonces, sus deseos por conocer nuestro país no pararon de acrecentarse. España siempre fue un tema recurrente en la obra del danés, aunque la visita fue posponiéndose por motivos económicos.

El viaje de Andersen a España tuvo finalmente lugar en 1862 y supuso una verdadera decepción para el escritor. Era tan grande su deseo por visitar nuestro país que, una vez aquí, sus expectativas no pudieron verse cumplidas. Esta experiencia frustrante, en parte, fue causada por la personalidad neurótica y vanidosa que caracterizó al escritor durante su madurez. Visitó Barcelona, Valencia, Málaga, Granada, Cádiz, Córdoba, Madrid y Toledo. Le gustaron la comida, los cafés, el Museo del Prado y los ojos de los andaluces.

Sin embargo, no pudo con las corridas de toros, las diligencias ni con “la ignorancia de los españoles” (ignorancia, sobre todo, de su obra).

Madrid para mí es un camello derrumbado en el desierto: yo tomé asiento sobre una de sus gibas y oteé los alrededores; pero me sentía incómodamente sentado y el asiento salía muy caro. [H.C. Andersen]

Washington Irving, 1832

Por otro lado, durante su periplo, la reina Isabel II no quiso recibirlo y el político Antonio Cánovas del Castillo no es que le hiciera demasiado caso. Asimismo, a la cena que organizó el embajador sueco en Madrid (ciudad que describió como “un camello derrumbado en el desierto”) en su honor, no acudieron intelectuales de talla y los periodistas no le dedicaron ni una línea en sus periódicos. Tiempo después, sobre este asunto se quejaría a Dickens asegurando que en España “nadie me conoce, ni desea hacerlo”.

Con todo, su libro sobre nuestro país termina calificando el viaje como un “tesoro de recuerdos”. No sabemos qué tipo de recuerdos, pero su orgullo sí tuvo que sentirse herido, porque aquella antigua obsesión por España, antes de venir a visitarla, parece desaparecer de su obra una vez concluido el viaje.

La frialdad del danés contrasta, por el contrario, con la calidez del italiano Edmundo de Amicis, escritor y periodista nacido en Liguria en 1846. Su libro más conocido es Corazón (1886), obra en la que se basaba la popular y lacrimógena serie de dibujos animados, Marco, de los Apeninos a los Andes, que tantas infancias amargó.

Edmundo de Amicis, 1886

En 1872, el periódico La Nazione lo nombra corresponsal en España. Su misión fue transmitir sus vivencias en un país en el que se acababa de coronar rey a otro italiano, el incomprendido Amadeo de Saboya. Estas crónicas tuvieron tanto éxito que posteriormente fueron editadas como libro de viajes en un volumen titulado Spagna (1873).

Para el italiano todo es una fiesta en nuestro país. Hasta las ocurrencias más ofensivas sobre Italia, como comparar a su ejército con una compañía de bailarines y cantantes, son atribuidas al espíritu burlón de los españoles. Las referencias a Amadeo, el rey galantuomo, son constantes y subrayan su apostura y gallardía. La descripción que realiza de la vida política del país es certera y divertida. En este sentido, debería de pasar a los anales del periodismo la enumeración que realiza de los partidos políticos españoles del momento.

El libro se divide en trece capítulos, cada uno dedicado a una ciudad española (Barcelona, Zaragoza, Burgos, Valladolid, Madrid, Aranjuez, Toledo, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada y Valencia) y al viaje hasta llegar a ellas.

Edmundo de Amicis, 1872

A lo largo de todo el libro se describen paisajes urbanos y naturales, pero el ojo observador del escritor no se detiene solo en lo inerte, sino que también analiza las costumbres, las mujeres o la indumentaria de las diferentes regiones. Durante su periplo, el cronista alaba lo que le gusta y critica lo que le disgusta directamente, sin ambages ni hipocresías.

Y Amadeo de Saboya, siempre Amadeo, el objeto de la estancia de Amicis en España, como otro elemento más del paisaje peninsular de 1872.

Para terminar, no puedo resistirme a reproducir una de las anécdotas recogidas por el italiano. En un viaje realizado por el monarca para conocer mejor el país en el que reinaba, Amadeo y su séquito llegaron a Zaragoza. Allí, en olor de multitudes, fue aclamado, a pesar de que en la ciudad habían ganado los republicanos las últimas elecciones. En medio de esta exaltación monárquica, en el balcón del ayuntamiento, el alcalde republicano, junto al rey, realiza un discurso con el que quiere tranquilizar al monarca, ya que nadie iba a asesinarlo, por muy republicanos que fueran todos. Así de respetuosos eran los aragoneses con las instituciones constitucionales. Ante estas palabras Amadeo sonrió y estrechó la mano del alcalde.

Este es, quizá, uno de los mejores ejemplos acerca de cómo era vista España por los extranjeros que nos visitaban en el siglo XIX.
 

Sobre el autor
(Jaén, 1975) A edad temprana llegó a la misma conclusión que Wenceslao Fernández Flórez: nada mejor podría hacer con su vida que regentar una tienda de ultramarinos. Mientras que ahorra para montarla, se dedica con fruición a la España decimonónica y a la Teoría del Estado.
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