Durante el periodo de entreguerras, Oskar Fischinger produjo una serie de cortometrajes que él bautizó como «música visual», lo que nosotros llamaríamos sinestesia. Tildado de artista degenerado por los nazis, se vio obligado a exiliarse a Estados Unidos, donde no cosechó el éxito que esperaba: perdió la posibilidad de consagrarse comercialmente al ser retirado su material —Tocata y fuga en re menor, de Bach— del montaje final de la película de Disney Fantasía (1940). La influencia de su trabajo, no obstante, ha llegado hasta videojuegos contemporáneos como Rez (2001).
El stop-motion de Fischinger convertía la aparición de polígonos y poliedros en una secuencia fluida que reproducía gráficamente una sinfonía. En este sentido, existe una correspondencia directa entre el objetivo de la abstracción en el arte, como rechazo de lo figurativo y las ideologías que comportan —el realismo socialista, por ejemplo—, y el efecto correlativo de un nuevo discurso: el de la geometría como forma de representación, primero de la huida, después del confort.
Hay algo, pues, de primitivo en lo poligonal: un anhelo uterino de encontrar las formas más elementales de cobijo y de orden, de un tipo de comprensión que no plantea preguntas. Kepler acabó desquiciado tratando de integrar los cinco sólidos platónicos, unos dentro de otros, con el propósito de que su sistema solar armonizara con un cosmos perfecto. Pero no es un caso extremo: la aplicación de la geometría en la demarcación de fronteras tiene que ver con una psicología regresiva que aspira a fijar sobre el terreno un estado embrionario de protección.
Terry Cavanagh ha metaforizado hábilmente esta caída al vacío con su último videojuego Super Hexagon: un polígono pulsátil, como un agujero negro, absorbe aristas erizadas de muros de luz que el jugador, un minúsculo triángulo, debe esquivar en una especie de laberinto de la velocidad. De nuevo, la búsqueda de formas primigenias están ya explícitas en el triángulo, la figura más básica posible que puede plasmarse en pantalla sin que se confunda con el entorno. ¿Ante qué clase de hipnosis nos enfrentamos? ¿No está haciendo Cavanagh, además de seguir su habitual registro del revival, una involución mental plasmada en formas abstractas?
Sea como fuere, Super Hexagon es infernal. Lo que decía en el artículo sobre «La ciencia-ficción en la vida doméstica» tiene implicaciones directas en lo que puede verse en este vídeo: la coreografía perfectamente memorizada de la alternancia de aristas es el fruto de largas sesiones de entrenamiento en el que el jugador ha aprendido, por fin, a salir airoso de todos los ataques electrónicos. El ensayo-error estilizado en una plasticidad insuperable. La complejidad de las rutinas —las secuencias de caída— solo nos lleva a pensar que el usuario puede llegar a los niveles de locura que la máquina le exige con bastante éxito.
La música corre a cargo de Chipzel, una dj irlandesa que se suma al cada vez más grueso inventario de autores que recurren al chiptune, generalmente editado en una Game Boy clásica, como Chip Subcutáneo en Barcelona, Meneo, guatemalteco afincado en Madrid, o Magnus SoulEye Palsson, autor de PPPPPP, banda sonora de VVVVVV del mismo Cavanagh. Así, se puede cerrar provisionalmente lo que ya se dijo: el hombre aparece como producto de la máquina y el imaginario colectivo como cúmulo de pixels.
Ivan Piechowski
24/10/2012
Me voy a jugar la epilepsia poniendo otra vez el vídeo. O esto o sigo viendo el partido del Madrid.