Guerra Fría y Crónicas marcianas de Ray Bradbury

Las mentiras [del Tirant lo Blanc] no delatan lo que eran
los valencianos de fines del siglo XV sino lo que hubieran querido ser y hacer;
no dibujan a los seres de carne y hueso de ese tiempo tremebundo sino a sus fantasmas.
Materializan sus apetitos, sus miedos, sus deseos, sus rencores.
Una ficción lograda encarna la subjetividad de una época […].

[Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, 1990]

Cuando la editorial Doubleday publicó Crónicas marcianas en 1950, el término «guerra fría» era poco más que una noción acuñada por George Orwell en un artículo publicado en 1945 por el periódico Tribune. Una noción que apenas estaba comenzando a materializarse en la Historia, pero que aún no había triunfado como «etiqueta» para periodizar el presente fuera del espectro cultural anglosajón. Crónicas marcianas no es una ficción sobre la guerra fría. Esta serie de relatos, escritos por Ray Bradbury entre 1946 y 1949, no pone en escena todo aquello que asociamos actualmente con esta época: en particular, me refiero a los distintos escenarios bélicos, donde se enfrentaron de manera más o menos directa los Estados Unidos y la Unión Soviética, y el correlato científico de estos enfrentamientos bélicos, la carrera espacial, que no comenzaría hasta 1957.

Sin embargo, como asegura Mario Vargas Llosa, «una ficción lograda encarna la subjetividad de una época». Porque si bien sería más lógico afirmar que Crónicas marcianas es un producto literario de la Segunda Guerra Mundial, la sensibilidad para leer el presente de Ray Bradbury nos impide separar su libro de aquel nuevo orden socio-económico que estaba comenzando a configurarse a finales de los años cuarenta. La guerra fría ya está en Crónicas marcianas porque, más allá de los conocidos ecos proféticos que caracterizan a la ciencia ficción, la angustia que late bajo la prosa de Ray Bradbury es fruto de la amenaza que estructuró la segunda mitad del siglo XX: la bomba atómica. Creo que en esta angustia reside el «tono elegíaco» que Borges leyó en su prólogo a la traducción española de Martian Chronicles, publicada en Barcelona por la editorial Minotauro en 1955.

Más que por la exploración astronómica y por la exhibición de poder que caracterizó a la carrera espacial, en Crónicas marcianas los humanos comienzan a huir hacia Marte a principios de un siglo XXI distópico, porque la destrucción total de la humanidad ha dejado de ser un mero temor intelectual para convertirse en un hecho consumado. La fuga es puesta en escena por Bradbury como muestra del fracaso colectivo de la especie. El diálogo que mantienen el capitán de la tercera expedición y el entrañable y poético arqueólogo Spender es una clara muestra del escepticismo amargo ante el progreso que Ray Bradbury ha manifestado en muchos de sus trabajos:

—No arruinaremos este planeta —dijo el capitán—. Es demasiado grande y demasiado hermoso.
—¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas. No pusimos kioscos de hot-dogs en el templo egipcio de Karnak sólo porque quedaba a trasmano y el negocio no podía dar grandes utilidades. Y Egipto es una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí todo es antiguo y diferente. Nos instalaremos en alguna parte y lo estropearemos todo.

En este sentido, Crónicas marcianas no participa de ese cariz adivinatorio que podemos encontrar en la ciencia ficción decimonónica de Jules Verne (así como en la de Arthur Clarke e Isaac Asimov, sus herederos directos del siglo XX). Desde Ray Bradbury, el género se transforma en algo nuevo, porque permite observar el presente con una nitidez que brilla por su ausencia en muchas novelas manifiestamente abocadas a representar lo real. Es cierto: los marcianos leen en unos artefactos que se parecen demasiado a nuestros libros electrónicos, se ven absorbidos por ellos al punto de ignorar a sus seres queridos, tal y como muchas veces nos pasa a nosotros, ciudadanos de principios de siglo XXI. Pero la ansiedad por anticiparse a la historia y la crítica a la tecnología son en cierto sentido un tema secundario en Crónicas marcianas, a diferencia de lo que sucede con algunos cuentos brillantes de Las doradas manzanas del sol (1953), como por ejemplo «El asesino».

Es el miedo a la bomba, en cambio, la preocupación primordial de Bradbury, miedo que comparte con otro autor fundacional de la ciencia ficción: H.G. Wells. En 1945, George Orwell menciona en su artículo sobre «la guerra fría» que «durante los últimos cuarenta o cincuenta años, el Sr. H.G. Wells y otros nos han advertido que el hombre corre peligro de destruirse a sí mismo, con sus propias armas […] Cualquiera que haya visto las ruinas de las ciudades alemanas encontrará que esta posibilidad es, al menos, sopesable». Marte es una imagen especular, ligeramente distorsionada por la distopía, de un Estados Unidos victorioso en las guerras mundiales, rodeado de países en ruinas y a punto de estallar, como nos señala el narrador del breve episodio «La Costa», que retrata el triunfo de la colonización humana en Marte, tras las primeras expediciones fracasadas:

Los segundos hombres deberían de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica, Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra. Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.

Este silencio pacífico se verá frustrado a lo largo de las expediciones sucesivas, que nos irán demostrando aquello que Borges señala de manera tan aguda: la reproducción del fracaso humano en Marte. Es también interesante subrayar que en Crónicas marcianas, son constantes las alusiones acerca de cómo es la vida en nuestro planeta. Las pronuncian los marcianos en las primeras crónicas, por ejemplo, cuando el señor K. le dice a su mujer Ylla que los científicos de Marte demostraron que «no puede haber vida en la Tierra» porque «han descubierto que en su atmósfera hay demasiado oxígeno». Fuera de la ficción, en nuestro siglo veintiuno, específicamente en el verano de 2008, la sonda Phoenix de la NASA confirmó la presencia de hielo de agua en Marte. Hasta entonces, una de las razones más sólidas para rechazar la posibilidad de vida en este planeta era justamente el argumento diametralmente opuesto al de la ficción de Bradbury: lo delgada que es la atmósfera marciana.

No nos desconcierta que los marcianos entiendan el inglés o que vivan las estaciones de forma simétrica al hemisferio norte, como cuando vemos al cohete de verano (el cohete, ese artefacto tan cercano a la carrera espacial pero también a la armamentística) aterrizar en Marte en agosto y a sus tripulantes sentir el mismo calor estival de Nueva York. No nos desconcierta porque Ray Bradbury recurre a aquella estrategia narrativa que Mihail Bajtín definió de manera tan brillante como exotopia: hablar sobre la identidad desde la alteridad, en otros términos, posando nuestras palabras en labios ajenos.

El autor de Fahrenheit 451 da voz a los marcianos para que hablen sobre los terrícolas, del mismo modo en que Montaigne dio voz a los caníbales para que criticaran la Europa del siglo XVI o de la misma manera en que José Cadalso juzga la España del siglo XVIII desde la pluma de los árabes. Tras la muerte en junio de este año de «este hombre de Illinois», como lo llamaba Borges, medio siglo después de la publicación de estas crónicas, podemos leerlas con la certeza de que hemos perdido a un clásico.


Bibliografía
Bajtín, Mijaíl. (1979). Problemas de la poética de Dostoievski. Madrid: FCE. 2004.

Bradbury, Ray. (1950). The Martian Chronicles. NY: Bantam Books. 1979.

Borges, J.L. (1955). «Prólogo», Crónicas marcianas. Barcelona: Minotauro. 1955

Orwell, George. «You and the Atomic Bomb», 19/10/1945, Tribune.

 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1985), catalán por adopción, italiano por ley, brasileño y argentino por voluntad, es licenciado en Literaturas Comparadas por la Universidad de Barcelona y cuenta con un máster en «Littérature, Histoire, Société» por la Université Paris 7. Ha colaborado con distintos medios como Revista Quimera, Catalunya Ràdio y Eterna Cadencia. Actualmente, está escribiendo su tesis doctoral sobre literatura latinoamericana en Canadá, donde dicta clases de español para extranjeros y lee novelas policiales para sobrellevar mejor los nueve meses con lluvia fría de Vancouver.
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  1. Excelente tu nota, Fabri. Cuando leí Crónicas, a eso de los 16-17 años, asocié a los marcianos con los aborígenes y a los cohetes que legaban con la conquista de América. Me pareció una crítica al imperialismo. Me diste ganas de retomar los cuentos de Bradbury después de 25 años. Un abrazo!

  2. Muchas gracias, Iván. También a mí algunos pasajes me hacen pensar en la colonización de América, es un libro que permite múltiples lecturas. ¡Otro abrazo para vos!

  3. Excelente artículo. Ray ha muerto, que viva el Ray!

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