Conversamos con Elvira Navarro (Huelva, 1978) acerca de su última novela La trabajadora (Random House, 2014), un relato sobre el desamparo y los trastornos mentales como efectos de la crisis económica y política que atraviesa España. En la charla se refiere, además, a su labor como editora, a la geografía urbana, a la identidad, a los blogs, a Jung y a los talleres de escritura creativa. La narradora andaluza es autora de otros títulos como: La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007) y La ciudad feliz (Mondadori, 2009).
En primer lugar, enhorabuena por tu reciente mención como editora del sello Caballo de Troya, donde ya publicaste La ciudad en invierno. ¿Cómo te planteas esta nueva tarea?
Muchas gracias. Lo de editora es algo temporal. Me lo planteo como una oportunidad para publicar libros que creo que pueden ser interesantes, y para descubrir autores en la medida de lo posible. Digo esto último porque el azar es un componente nada desdeñable: puede que mis intenciones sean unas y que la realidad me lleve a otra cosa.
Caballo de Troya ha destacado por la publicación de escritores noveles. ¿Planteas tu trabajo como editora desde esta perspectiva? ¿Te interesa indagar en un catálogo distinto al que se ha mantenido hasta la fecha?
Caballo de Troya tiene sentido para mí en tanto que descubridora de autores noveles, o no noveles, pero que han quedado orillados. Es un sello que pertenece a un gran grupo, con un presupuesto muy modesto y con el que no se espera ganar dinero. Por esta razón es por lo que, a mi parecer, se puede, e incluso se debe, arriesgar en lo literario.
Con respecto a si me interesa indagar en un catálogo distinto, pues sí y no. Me explico. No estoy muy lejos, ni como autora ni como lectora, del tipo de literatura que le interesaba a Constantino Bértolo, si bien seguramente sí habrá diferencias, pues las cosas de la ideología y el gusto –dos instancias que en verdad quizás sean casi lo mismo– son sutiles y supongo que seguramente publicaré algunos libros que Constantino no habría publicado. Aunque insisto en que, finalmente, todo dependerá de lo que me encuentre.
La editorial apuesta cada vez más por el formato digital, aunque no deja de lado el papel. ¿Por qué esta elección? ¿Es una cuestión de costes?
Desde luego es una cuestión de costes –Caballo de Troya no daba dinero–, y también de experimentar con el formato digital. Se pretende ver qué pasa con lo digital si los libros se venden baratos.
Tú misma tienes dos blogs, Elvira Navarro y Periferia. Para ti, como escritora, ¿en qué difieren y en qué se asemejan la escritura de entradas de blog y la de libros en papel?
En realidad el único blog que funciona es el de Periferia. El otro pretendí que fuera un archivo de artículos que saco en otros sitios, pero finalmente ni siquiera está sirviendo para eso. Tal vez lo cierre.
La diferencia entre escribir un blog y un libro tiene que ver con la celeridad y el formato. El blog te obliga a no escribir demasiado largo y, al menos en mi caso, a que la escritura sea más directa porque tengo la impresión de estar más cerca de quienes me leen. Como si no hubiera intermediarios. Aunque sí los hay: la pantalla es un intermediario.
Tu blog Periferia se define por ser «un work in progress sobre los barrios de Madrid que explora los espacios limítrofes e indefinidos», lo que coincide con la afición del personaje de Elisa de tu novela La trabajadora, en sus paseos nocturnos por la capital. De hecho, en tus anteriores textos, los títulos explicitan la referencia a la ciudad (La ciudad en invierno y La ciudad feliz). ¿Cuál es tu relación con la ciudad? ¿Dónde te sitúas en ella respecto a la frontera entre el centro y la periferia?
No hay aquí premeditación, sino una progresiva toma de conciencia de lo importantes que son para mí los espacios a la hora de escribir. Cuando se convierten en literatura, estos espacios no son tomados tal cual, sino que pasan por dos filtros: el de la memoria y el de la ficción. Mis dos primeros libros nacen de mis recuerdos de unas calles muy concretas de Valencia, y ya en ellos la ciudad juega a ser una suerte de espejo de lo que estoy narrando.
Por otra parte, hará unos quince años que me vino la idea de hacer un libro que solo tratase sobre la ciudad. Donde no hubiera personajes, ni tramas ni nada. Solo un transcurrir de calles, como si estas estuvieran vivas. No sé si acabaré haciendo ese libro.
El caso es que todo este interés se va transformando también en una investigación y en un discurso. No me sitúo en ningún lugar. El centro y la periferia son conceptos móviles, que dependen más de factores identitarios que de la geografía urbana, y que además empiezan a diluirse por la progresiva conversión de lugares céntricos y no céntricos en no lugares.
Yo solo me dedico a explorar, pero no reivindico ningún barrio, lo que no quita que tenga, desde luego, una idea de lo que es una ciudad pensada para sus moradores, y que la defienda.
En tus relatos, los personajes se encuentran en medio de esta relación directa entre el concepto de polaridad (centro-periferia, cordura-locura, adolescencia-edad adulta, ficción-realidad), la construcción de la identidad y la dicotomía. ¿Qué te interesa de este juego espectral y de dobles?
Normalmente, en lugar de integrar o de reconocer que un polo depende del otro, borramos el que no nos gusta y reivindicamos el que nos gusta. Pero esto no es una idea mía, sino que a mi parecer pertenece al funcionamiento de las cosas. Defendemos o somos algo por contraposición a otra cosa de la que depende para ser lo que es. Cualquier personaje de novela está construido así. Y en efecto –en la medida en que no reconocemos que somos también lo contrario de lo que creemos ser– se trata de un juego espectral. Carl Jung lo llamaba sombra. No nos gusta ver nuestra sombra.
Este juego espectral en el que se proyectan se apoya, además, en una oscilación entre el uso de la tercera y de la primera persona. ¿Por qué esta elección?
En mi caso no elijo. El narrador me viene dado y me parecería un poco artificial imponerle una distancia. Soy más de la intuición que del razonamiento en esto de escribir.
A medida que avanza la novela, el lector percibe otro espectro de índole metaliteraria, pues todo lo escrito es fruto de la imaginación de Elisa: «La escritura era un escenario más de mi miedo». ¿Crees que la literatura nace desde un sujeto en crisis? ¿Es el miedo uno de los motores de tus narraciones?
Desde luego me cuesta imaginar una literatura sin conflicto, sea este interno o externo. Si yo reivindico la literatura como mero juego, el conflicto ahí es externo: estoy poniéndome en contra de que la literatura se plantee, como suele hacer, los grandes y no tan grandes problemas de las personas. Se trataría de un conflicto de planteamiento sobre qué es o qué debe ser lo literario. Si no hay problema, no hay necesidad de exploración o de alternativas. En mi caso, sin duda el miedo es uno de los motores de mis narraciones.
En la tercera parte de La trabajadora, Elisa dice a su psiquiatra: «Lo que hay en mi novela es un personaje basado en mí, pero no soy yo». Cuando construyes un texto, ¿hasta qué punto partes de tus propias vivencias?
Siempre parto de mis propias vivencias. No sabría hacerlo de otro modo. Vargas Llosa dice que escribir ficción es hacer un striptease invertido. Si lo que cuento no me afecta profundamente, no tendría mucho sentido para mí escribir por la sencilla razón de que no tendría nada que decir.
La noción del tiempo es una cuestión que te preocupa, pues son constantes los saltos temporales entre las secuencias de un relato a otro. En tu novela leemos: «el paso del tiempo no cambia nada, todo el rato hacemos las mismas cosas, pero les ponemos un disfraz para que parezcan distintas». ¿Crees que estamos condenados a una rutina perpetua?
Los constantes saltos temporales tienen una razón estructural. Yo escribo a trozos, luego los monto. Es así porque no me gusta que lo que escribo un día esté absolutamente condicionado por lo que he escrito el día anterior.
En cuanto a mi idea del tiempo, sí creo que, en buena medida, y a no ser que hagamos un gran esfuerzo, todo el rato repetimos nuestra estructura en el tiempo, o dicho de otro modo: repetimos lo que somos.
Por ejemplo, cambiamos de pareja, pero nuestro comportamiento acaba siendo casi siempre igual con las distintas parejas, a no ser, como digo, que hagamos un gran esfuerzo para cambiar. El cambio es muy difícil. De ahí la idea de que en realidad no ocurre nunca nada nuevo.
Además de narradora, y de tu recién faceta de editora, también impartes talleres de escritura creativa. ¿Nos podrías contar tu experiencia?
Mi experiencia con los talleres de escritura es mucho mejor de lo que pensé cuando decidí meterme en ellos. Nunca pensé que acabaría de profesora, pues los ambientes escolares me dan alergia. Sin embargo, en un taller la gente no está obligada a asistir. Viene porque quiere, con la motivación puesta, y eso es un lujo para un profesor. Hay interés en aprender y en discutir, y normalmente nos lo pasamos bien todos.