José Ángel Mañas: «Muchas veces las cosas son como uno imagina que tienen que ser» (20 años del Kronen, II)

Esta es la segunda entrega del especial que Pliego Suelto dedica a los veinte años de Historias del Kronen (1994) de José Ángel Mañas. En esta ocasión publicamos la última parte de la entrevista que nuestro colaborador Iñigo Palencia realiza al autor del Kronen mientras recorren las céntricas calles de Madrid. Mañas charla en tono distendido sobre su experiencia como finalista del Premio Nadal en 1994, de las adaptaciones cinematográficas de sus novelas y de su interés en el género negro, el punk, el realismo sucio, el ensayo, el mundo de la universidad y las novelitas pulp, entre otras muchas cosas.

[leer la 1ª parte de la entrevista]

Se dijo de tus primeras novelas que tenían una intención de provocar. Parece que con el paso del tiempo la provocación puede desvanecerse. Sin embargo, en tu caso, a mí no me lo parece. Incluso algo tan inofensivo como un libro sobre literatura lo titulas La literatura explicada a los asnos (2012). ¿No hay en Mañas una especie de sana afición a tocar los cojones?

(Ríe) Eso no se busca, se tiene. Es verdad, yo creo que tengo una inteligencia paradójica, en el sentido etimológico. A mí me sale natural. Veo algo y mi dedo se dirige directamente hacia el ojo. A joder. No lo busco, no lo provoco. ¿Qué pasa con esto? También se puede convertir en una retórica: siempre buscando el ángulo paradójico, siempre buscando tocar las narices. Es algo que me sale naturalmente, pero que procuro domar.

Conforme vas avanzando, te das cuenta –en el aspecto más provocativo de mis novelas, a nivel lingüístico o a nivel formal– que no puedes seguir igual toda la vida. Hay artistas que siempre hacen todo exactamente de la misma manera, pero también puedes encontrar gente, como hace Picasso, que va cambiando de registro y de estilo. Por lo que sea, tengo tendencia a intentar siempre cosas nuevas y de ahí las experiencias que he tenido en la novela histórica, la novela pulp, la novela negra, el ensayo, etc. Ahora voy a sacar una novelita de ciencia-ficción… Eso no quita que mi base sea el realismo, pero luego me gusta experimentar en cada una de esas novelas.

Ahora que hablas de la novela histórica, se dijo que con El secreto del oráculo (2007) rompías por completo con toda tu trayectoria anterior.

Sí, es verdad, se dijo eso, pero yo siempre decía que en realidad era lo mismo. Hoy en día unos chicos cogen el coche, se ponen hasta arriba de todo y se van por ahí de juerga. En la Macedonia antigua no lo podían hacer exactamente igual, por eso Alejandro y sus colegas cogen sus armas, sus caballos, unos cuantos litros de vino y se van a invadir el Imperio persa. Y es más o menos lo mismo (ríe). Se puede novelar todo. Se puede novelar la contención, como Jane Austen, y hablar de cuatro familias, que puede ser algo aburridísimo, pero como la tía era muy inteligente el resultado es magnífico y te pueden llegar a gustar los personajes más obsesivos.

¿Tus personajes son obsesivos?

Yo creo que entro y salgo, entre lo obsesivo y lo cotidiano. Por ejemplo, en una novela como Soy un escritor frustrado (1996) la gracia era tener un personaje que hiciera algo que tú no eras capaz de hacer, que cruzara la línea. Un profesor que robe una novela a una alumna y que sea capaz de secuestrarla y de hacer auténticas barbaridades para apropiarse del texto. Con personajes así busco que sean capaces de traspasar esa línea y con otros me quedo en un cotidianismo que también tiene su interés, como puede pasar en la obra de Aldecoa.

(Paseamos ahora por Martín de los Heros. Le propongo sentarnos a tomar algo en la librería Ocho y medio. Acepta y yo agradezco un rato de charla sentados después del paseo).

El cine te dio fama. Convirtió Historias del Kronen en un fenómeno de masas. Pero es un medio en el que se trabaja de forma distinta…

Totalmente distinta. Respeto mucho el cine. En el siglo XIX la novela es el arte narrativo por excelencia y en el siglo XX pasa a serlo el cine. En el siglo XXI ya entra en decadencia. Estamos en un mundo multimedia, Internet es otro tipo de soporte, no sé a dónde se va. Ya veremos. Sin embargo, el cine es una maquinaria de creación de ficciones tremendamente sofisticada. Han analizado el proceso de creación y lo han descompuesto en una serie de especialistas. El conjunto es algo espectacular. La comparación con el cine permite ver lo diferente que es el trabajo de un escritor.

Un escritor es alguien para quien escribir es un verbo intransitivo, es decir, no escribes algo, escribes por escribir, la cosa es un material opaco. En cambio un guionista escribe con un fin: crear un mundo imaginario. A mí me gusta comparar estas dos tareas. En el cine tienes a mucha gente implicada en la materialización de ese mundo imaginario. Los actores, que dan cuerpo y voz al personaje, otros encargados de buscar las localizaciones, otra gente que se dedica al vestuario, el director que dice dónde poner la cámara, un montador,…

De algún modo, todo lo que hace esa gente de manera colectiva en el cine es lo que hace un novelista él solo en su cabeza. Es como llevar una película mentalmente. No basta interpretar un personaje, hay que construir situaciones con ellos y conseguir que se sigan de manera natural hasta llegar a un clímax, que sea un desenlace coherente con respecto a la historia que estas contando. Tienes que ser tú mismo el que centre la atención, el que diga dónde se pone la cámara. Tienes que recrear el mundo físico – que en el cine serían las localizaciones, el vestuario, etc.–. Tienes que hacer un montaje, un montaje literario. Y por encima de todo esto, tienes que ser un prosista.

Yo siempre digo que un novelista tiene que ser un prosista correcto. Hay autores que son novelistas acojonantes y que no son excelentes escritores como Dostoievski, Balzac o Baroja. Lo mismo que al revés, hay escritores estupendos que no saben ser novelistas, como es el caso de Francisco Umbral. Aquí veo yo, por una parte, una afinidad entre el cine y la novela, pero también la distancia que existe entre la labor de un novelista y un equipo de cine. Es como comparar un hombre-orquesta con una orquesta. Es la lucha de David contra Goliat.

Al cine se han llevado tres novelas tuyas. Tú colaboraste en el guión de Historias del Kronen (1995)

Sí, eso es. A mí me gusta comparar la adaptación entre el Kronen y Mensaka (1998) porque son muy diferentes. En el Kronen colaboré. Me gustó mucho trabajar con Montxo Armendáriz y aprender de él. Él sabía perfectamente cómo construir una escaleta. Me daba la situación hecha y yo casi era un dialoguista. Hacía que sonara aquello correctamente. Éramos artistas muy diferentes. En las películas de Montxo la gente habla poco. Tienen un ritmo muy pausado. Si lo oyes hablar, también lo hace con un ritmo muy pausado. Realmente es muy bueno con la imagen. Para mí sus mejores películas son Cartas de Alou (1990) y Secretos del corazón (1997). En una, el protagonista es un inmigrante que no habla castellano y, en la otra, un niño que habla muy poquito.

En cambio yo soy una persona mucho más verbal y vertebro las novelas con diálogos. Mis personajes hablan mucho. A mí me gusta poner a dos tíos sentados en un bar, hablando de lo divino y de lo humano, mientras que Montxo era mucho más de diálogos funcionales e informativos. A mí me costó mucho mutilar mis diálogos para meterlos en su película. Eso fue de las cosas más complicadas.

Se dice que un guionista está en el set para callar y dar tabaco.

(Ríe) Puede ser. En cambio en Mensaka –de Salvador García Ruiz– no colaboré. Me llegó después, la vi y me encantó. Colaborar o no colaborar no tiene ninguna incidencia en que te guste una cosa que ha hecho otro. Yo creo que incluso es mejor que el escritor no colabore en las adaptaciones. Tampoco participé en Soy un escritor frustrado (Imposture, Patrick Bouchitey, 2005). Se hizo en Francia y poco más. Creo que las adaptaciones ni quitan ni ponen a una novela. La novela es buena o mala con independencia de lo que hace una película. Lo que sí dan es mucha visibilidad. Mediáticamente la literatura es un gueto. Sólo las novelas más exitosas acaban saliendo de ahí, se conocen. Mientras que la película más mediocre tiene más repercusión social. Te da un altavoz.

Una curiosidad. ¿De qué manera se vive ser finalista del premio Nadal con 23 años?

Lo curioso fue que concursara. A mí me gustaba escribir. Quería escribir una novela y lo fui intentando durante unos años. En el verano del 92 terminé el primer borrador. Lo que yo pensaba que podía ser mi primera novela. Me dediqué el resto del 92 y el primer semestre del 93 a corregirlo. Cuando lo terminé, la verdad es que no sabía qué hacer. Una amiga me recomendó que me comprara la revista Leer. En aquella época salía con una sección que publicitaba premios literarios. Vi el Premio Nadal y a mí me sonaba. Me dije, sí, el Premio Nadal (ríe), leí los requisitos, los cumplía: más de doscientas páginas mecanografiadas a doble espacio y un plazo que vencía al día siguiente.

Mi padre aquel día viajaba a Barcelona y le dije: toma, este es mi libro, llévalo a este sitio. Y me olvidé de aquello. Según se acercaba la Navidad veía que no decían nada y ahí quedó todo. A mí nadie me llamó para ir a la fiesta. Al día siguiente, mi padre se enteró por televisión de que había quedado finalista. Le llamó el editor, Andreu Teixidor, y mi padre le dio mi teléfono. Teixidor me llamó, me felicitó y me pidió permiso para que la gente empezara a contactar conmigo. En cuestión de minutos comenzó a sonar el teléfono. Yo estaba aterrorizado cada vez que entraba otra llamada. Que si La Vanguardia, el ABC… Fue una suerte extraordinaria. Algún día tengo que enterarme de qué pasó.

F. Umbral (1932-2007)

Gracias a aquella historia estoy donde estoy. Nunca antes había enviado nada a un premio. Fue llegar y besar el santo. Tiene cosas buenas, de las que tengo que estar agradecido eternamente. Me he podido dedicar exclusivamente a esto. Con cosas mejores o peores, pero aquí estoy. Eso es algo que lo agradeceré siempre. Y lo malo siempre digo que es llegar saltándose todo el escalafón. Llegas sin ningún tipo de preparación. Era un mundillo que desconocía y cometí una barbaridad de errores. Recuerdo que me llamaban periodistas y no entendía por qué. Me decía, pero si el libro ya está en las librerías, para qué me querrán. No entendía qué tenía que ver una cosa con otra. Por eso a veces no contestaba. Cometes torpezas porque no manejas los códigos.

¿El mundo de la literatura te recibió bien?

Hubo de todo. Gente que me puso a parir y gente que habló bien de mí. Te quedas con estos, con los segundos. Francico Umbral habló muy bien de mí. No tenía por qué, ni le importaba más allá de lo puramente literario. Alguien como Rafael Conte hizo muy buenas reseñas de Kronen y de Ciudad rayada. Son tíos que realmente saben de literatura y no se dejan engañar. Yo me quedo con las buenas imágenes que ha dejado gente así. Ni soy tan bueno como unos pueden pensar, ni tan malo como han dicho otros. Todo esto es inevitable cuando hablas de una novela exitosa. Pero ya tengo casi veinte novelas, contando las escritas a cuatro manos. Tengo ya una obra mejor o peor, pero no soy flor de un día, y creo que lo he demostrado.

¿Cómo son tus personajes?

Hay de todo. Y esa es la gracia. De lo que más me precio es de crear personajes. Mira, por ejemplo, en la serie del hombre de 21 dedos hay una cantidad de personajes bestial. Me gusta esa riqueza humana de matices. Creo que esos personajes son los que realmente vertebran el arte de la ficción. Personajes que tienen cuerpo, redondos. El novelista Edward M. Foster hablaba de personajes redondos y planos. Lógicamente, alguno te queda más plano. Pero el núcleo duro suelen ser personajes que tienen relieve, que tienen vida.

Luego con algunos tienes que tirar del trazo caricaturesco y te queda un poco más acartonado. Pero, claro, debo llevar más de mil personajes en todas mis novelas. Diferentes y reconocibles todos. Esto es lo más bonito. La parte de actor que tiene el trabajo de novelista es con lo que más disfruto. Cuando pienso una novela, lo primero que hago es crear un grupo de personajes. Luego pienso la anécdota que le puede ocurrir a ese grupo. Pero esa es la base de mi arte novelesco.

En Soy un escritor frustrado (1996) hablabas del mundo de la universidad

Yo soy muy universitario. La escuela la odiaba, en cambio la universidad sí me gustó. Eso de entrar y salir de la universidad, de si te apetece vas y si no te apetece, pues, tampoco pasa nada. Era otra época. Se estaba mucho en el bar, lo hacíamos todos. Es una noción que ya casi es anacrónica. Cuesta pensar que la gente fuera a la universidad para no pensar, para estar todo el día en el bar y darte un palizón la última semana antes del examen. No deja de ser uno de esos momentos de gran libertad que yo he disfrutado. Cada vez que paso delante de un colegio me parece una cárcel, lleno de barrotes, mientras que cuando paso por una universidad pienso en otras cosas.

Soy un escritor frustrado está ambientada en lo que era la Universidad Autónoma de Madrid en esa época. Curiosamente, el personaje de la novela que todo el mundo piensa que es más caricaturesco es el único real. Es una profesora alcohólica que está basada en una profesora a la que le tenía muchísimo cariño y que después murió. La novela me salió muy fácil. Era muy de actor, de meterte en la piel de un personaje y desarrollarlo. Cuando la adaptó en Francia Patrick Bouchitey, lo primero que hizo fue ir a un psiquiatra y preguntarle si un tío que hace esas cosas tiene esos pensamientos. El psiquiatra le dijo que sí, que era verosímil y Patrick vino a preguntarme que cómo me había documentado. Ese detalle me pareció un elogio. Muchas veces las cosas son como uno imagina que tienen que ser.

Ésta fue tu primera aproximación a la novela negra.

Sí, fue la primera novela que escribí de este tipo. O por lo menos que no era solamente costumbrista. Porque al final mis novelas, en el fondo, todas son realistas. Sólo cambia la manera de enfocar un material. Yo pienso que todas están imbricadas unas con otras, en una especie de universo realista en el que voy trabajando. La mayor parte del tiempo he trabajado este universo y lo veo con un conjunto, independientemente del género. Le tengo mucho respeto al escritor de género profesional, pero yo no me considero uno.

La serie del hombre de los 21 dedos sí es puramente género. Caso Karen (2005), aunque policiaca, en realidad es una excusa para hablar del mundo editorial. Sospecha (2010) es tal vez la que se centra más en una investigación. A mí me parece que son novelas de atmósfera. Luego hay gente que dice: ¿y qué ocurre al final? ¿Es o no es? Para mí eran una excusa para poner en juego a unos personajes y crear un atmosfera psicológica. Casi al estilo de Maigret, que crea un ambiente que te engancha.

Hablas de Sospecha y a mí me da la sensación de que en esta novela se aprecia un cambio.

Sí, hay un cambio de década. Madrid también ha cambiado. Es el gran Madrid, con un extrarradio mucho más grande. Una de las cosas novedosas de Kronen era que aparecían zonas de la ciudad que nunca habían salido en otras novelas. Recuerdo dos chicas catalanas que vinieron a Madrid para ver qué era la M-30, porque en Kronen se hablaba mucho de la M-30. Pues, Sospecha es una novela M-50 (ríe). El Madrid de Sospecha es otro Madrid, un concepto más amplio, pero que también sigue siendo Madrid.

Y luego, Un alma en incandescencia. Pensando en torno a Franciam Charlot (2008), un libro de aforismos. (Mirada perpleja).

(Ríe) Es un libro bonito. Tenía un amigo pintor, en la época en la que viví en Toulouse, y empezó a enseñarme sus cuadros. Empezamos a discutir sobre pintura y me pidió un prólogo a uno de sus catálogos. Empecé a tomar notas y aquellas notas me gustaron tanto en sí que las publiqué como pensamientos sobre pintura. Y ahí está. Es uno de mis libros favoritos. Me gusta el pensamiento como género.

Tengo un componente abstracto que me lleva entre las dos cosas. Eso ha hecho que escribiera también artículos periodísticos. Me gusta escribirlos y me gusta el resultado. A parte de la novela, el periodismo, el ensayo, los mismos aforismos, son géneros en los que me siento a gusto. Creo que soy una persona que tiene ideas, otra cosa es que valgan más o menos, pero me gusta poner por escrito esas ideas.

Menudo contraste con el punk. Has dicho alguna vez que tus novelas son novelas punk.

Yo reivindico el punk. Siempre he dicho que el punk, con respecto a la música pop, es como el arte contemporáneo al arte clásico. Es una inversión en la que lo bello es feo y todo lo feo es bello. Una apología del ruido. Esto que se entiende muy bien en la música, en la literatura queda menos claro. Me parecía que era muy interesante traer el concepto a este campo, para resaltar algunas cosas. El uso del argot, las mayúsculas, las jergas, las incorrecciones, los barbarismos, para mí todo eso era como ruido literario. Buscaba esa estética de forma voluntaria. Por eso creo que el concepto de punk puede ayudar a entender esa manera de escribir. He intentado trasladar esos códigos estéticos a la literatura.

¿Y en los últimos tiempos también te ha tentado el pulp?

Lo del pulp surge con mi amigo Antonio Domínguez Leiva. Se nos ocurrió buscar un personaje raro para escribir una serie de novelitas rayadas, que fueran una frikada. Queríamos una especie de Ripley, pero por el camino se nos cruzó Mortadelo. Había que darle misterio al personaje, no tenía que tener rostro, pero sí debía tener un rasgo definitorio. Por eso se nos ocurrió la gilipollez esta del sexto dedo del pie, el hombre de los veintiún dedos. Sólo sabes que es él cuando en algún momento, de alguna manera estrambótica, alguien le ve los dedos de los píes. No sé, una vez ocurre mientras otro personaje lo está violando, para que te hagas una idea. Son momentos muy setenteros. Te imaginas los dedos de los pies con una musiquilla setentera y círculos concéntricos de colores. Llevamos ya a lo tonto diez episodios de la serie y ahora vamos a lanzar la segunda temporada. Son muchos y el pobre veintiuno sigue sufriendo porque le pasa de todo.

(Nos despedimos en Plaza de España. Se sube en un coche y desaparece. Casi como llegó. Como una estrella del rock. Del punk-rock)

[leer la 1ª parte de la entrevista]
 

Sobre el autor
(Jaén, 1975) A edad temprana llegó a la misma conclusión que Wenceslao Fernández Flórez: nada mejor podría hacer con su vida que regentar una tienda de ultramarinos. Mientras que ahorra para montarla, se dedica con fruición a la España decimonónica y a la Teoría del Estado.
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