Desgracia
John Maxwell Coetzee
Mondadori, Barcelona, 2009
Pocos autores tienen la virtud de dejar ese sabor amargo en las líneas finales, que continúan resonando por un tiempo después de la lectura y al cabo del cual cuesta situarse en la realidad. Esta especie de estupefacción es la que me traspasa al leer la novela de J. M. Coetzee, Desgracia, del original en inglés, Disgrace (1999), publicada cuatro años antes de ser galardonado con el Nobel de Literatura. El universo coetziano está plagado de crítica y rechazo por las convenciones sociales, sobre todo las de épocas pasadas. La novela mencionada está ambientada en la Sudáfrica post-apartheid, en los años en que la extrema oposición al gobierno hacía mella para que lentamente se viera obligado a cambiar su perspectiva global. El objetivo de la oposición consistía en promulgar nuevas leyes flexibles y mucho más igualitarias para la población negra de lo que habían sido los últimos cuarenta años. No resulta irrelevante la tapa del libro, en blanco y negro, anticipando la tesitura del conficto histórico.
Coetzee elabora con lenguaje claro, sencillo y entretenido la historia de su protagonista: David Lurie, un profesor de Literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo. Hombre de 52 años que no logra apasionarse por la enseñanza, al punto que sus clases le parecen un mero trámite, cuyos alumnos se sitúan lejos de su capacidad de comunicarles de forma eficaz. El protagonista es capaz de aprender en el intento, pero no cree lo mismo de ellos. Divorciado en dos ocasiones, y en un marco conservador de la sociedad sudafricana y de su entorno universitario, el sexo es su único aliciente, obsesión que le hace preferir un tipo de chica prototípica. Al comienzo de la novela frecuenta a una prostituta de origen árabe. Al abandonar esta relación, una alumna de su clase cautiva su atención, y pronto iniciará un acalorado romance, hecho que saltará a la luz como escándalo en el seno universitario y que trascenderá a los medios. Lurie es puesto en el banquillo. Sorpresivamente, no se defiende, quizás por temor a perder su integridad por completo. Como consecuencia de esto lo destituyen del cargo. Dispuesto a cambiar de vida, emprende un viaje al interior del país con el fin de visitar a su hija Lucy quien regenta una granja.
En la obra de Coetzee vemos reflejados con gran maestría las consencuencias de los conflictos raciales. A principios de los noventa se votaba el desmantelamiento de las leyes del Apartheid. Cuando Sudáfrica intenta recuperarse de este oscuro bache social, los habitantes sufren como resultado de esos grandes desajustes. Lucy reside junto a un vecino autóctono llamado Petrus. En tierras asignadas hasta aquel entonces a las viviendas de la población negra, Lucy se enfrenta al maltrato, producto de todo un pasado prolongado de discriminación social. La granja de Lucy es saqueada, sus perros asesinados y ella violada por un grupo de jóvenes, presuntamente negros. Uno de los agresores es familiar de Petrus. A Lurie intentan quemarlo vivo pero finalmente logra salvarse. Esto desencadena la tragedia que enmarca la novela, el punto de inflexión y de no retorno. A partir de ese episodio trágico, la novela escenifica una caída en picado de las vidas de Lurie y de su hija. Lucy se entrega completamente a su destino, tragando el miedo y la indignidad. No puede pensar con claridad y tampoco se pone de acuerdo con su padre. Las relaciones entre ellos se degeneran. Los personajes entran en un derrotero espeso en el que sus vidas se hunden irremediablemente. No se corrompen porque ya el medio lo ha hecho por ellos.
Petrus, representante de la raza negra, es la simbología de la ambigüedad entre un vecino solidario y una persona que apoya a su pueblo, tan perseguido y segregado sistemáticamente, protegiendo a uno de los agresores, que resulta ser familiar suyo. La ambigüedad radica en que, por un lado, Petrus le ofrece a Lucy protección como buen vecino, pero también apoya al joven malhechor, alejándolo de las amenazas de Lurie, quien debe tragarse el orgullo herido viendo cómo se pasea el agresor libremente por la granja vecina sin ser debidamente castigado por su delito. El protagonista pierde el gusto por la vida, lentamente se desmorona. Siente que no atrae a las mujeres que él prefiere, que su hija no lo necesita. Está solo y en un oficio nada agradable. Su trabajo consiste en embolsar y cremar a los perros muertos de una perrera que no han sido adoptados.
No pasa desapercibido el papel secundario de la madre de Lucy, personaje que aparece someramente en una conversación con Lurie y que no forma parte activa en sus vidas. Sin embargo, le habla a Lurie con sensatez, advirtiéndole que ya no tiene las riendas firmes de su vida.
Hacia el final de la novela vemos a un Lurie demolido. Se percibe viejo a pesar de que aún atrae a las mujeres y por otra parte no está en una edad que se pueda considerar decrépita. Se entera de que será padre de un hijo bastardo, producto del odio interracial. Su último contacto con el sexo opuesto es con una mujer que no le atrae. Busca su cariño, probablemente como signo de que se va decantando por la compañía serena y expectante para renunciar al calor de un cuerpo sensual. Convive con personas a las que no entiende y de las cuales desconfía. Encuentra la amistad y el desahogo en un perro al que finalmente no duda en matar, pero al que mata en último lugar. No encuentra ningún aliciente para su vida. Y por ello se vuelca a la fantasía de componer una opereta que no sabemos si logrará concluir. De esta forma, el lirismo es lo único que puede elevarlo en un mundo de incomprensión y venganza.